en automático

como si vivir fuese una carrera
hacia un lado o hasta
un punto, como si hubiese
que decidirlo en un segundo
todo y, al momento, olvidarlo,
discutirlo, intercambiarlo
por sí mismo otra vez
y hacer más real su encanto
y así empezar a tener motivos
para esconderlo; callar, al fin
y al cabo, para ganarse el trofeo
amargo de sentirse vivo.