fábula del escorpión y la cabra

a lo mejor, el truco
estaba en esperar
sin desmerecer la espera.
sabiendo desde el principio
que tendremos
que querernos
lo que dura una vida
entera,
tendrían que habernos
enseñado
a valorar por igual
los momentos
de pelea
y los ratos de divertimento.
tendrían que habernos
dicho, sin rodeos,
que todo lo que venía
iba muy en serio.

a lo mejor, sin más,
el truco estaba
en admitir que nos amamos
como espejos.

como siempre

ante todo, por ahora,
quiero que estés
tranquila (aunque
no sea el más indicado
para afirmártelo)
y que te fijes
en una cosa: la vida,
tantas veces
impasible y lejana,
nos va poniendo
en los lugares
necesarios
y las puertas, ya
no tanto por inercia,
se acaban abriendo.

y desde este último
umbral, yo quisiera
poder verlo todo
a la primera,
y tú quisieras
aun más tiempo
después de esa
primera vez, y ambos
transitamos torpes
por esa parte de la historia
que está lejos
alargando cada día
más los brazos,
reclamando
lo que, por derecho,
siempre hemos creído
nuestro, dando
cada vez más por sentado
que amamos
lo que tenemos
-y no tenemos
intención
de estropearlo-.

arte poética

quise hacer un libro de sonetos
y me salió un folleto de mentiras:
unas piadosas, otras sibilinas,
pues no me importa el grado cuando miento.

quise hacer del verso mi tormento
y, a la vez, con maestra alevosía,
arrojarlo a lo alto de una pira
y desarraigarme del dolor del fuego.

y cuántas veces la llama se aviva
brindándome su calor pasajero
de yunques livianos, de flor cautiva.

y cuánto, cuánto amo yo esa calima
que me abrasa la yema de los dedos
y prende los cimientos de mi vida.

monedas al río

lo primero que perdí
fue la tarde; empecé a repartir
tarjetas y paquetes
demasiado pronto,
pero me propuse recuperarla,
iluso y ya cansado, para el último
año de carrera.

luego dejé la universidad
y, además, se fueron
descolgando de mis dedos
las mañanas sin ningún aviso,
por lo que sólo me quedaba el insomnio.
me agarré como una lapa seca
a las excusas y a las llamadas
a menos cinco, pero cuando
ya faltaba poco para el sábado,
de repente, la vida
empezaba a saberse una colección
de horas desaprovechadas
con algún rato envidiable.

pero ya no echo de menos.
qué sorpresa adivinarme tan robusto
ante la sacudida
del arrepentimiento: desde el desastre
organizado imagino
que mis tardes
son cualquier tarde de pesca
con mi abuelo o con mi tío, cogiendo
siempre el mismo pez
recién nacido que debe
lanzarse al agua de nuevo,
en un vibrante ciclo
que jamás es aburrido.

Foto: Laura Torres