la última tarde

qué me queda del verano,
pienso
mientras observo
la playa desde el tren,
de vuelta a alguna parte
donde pasaré las horas
sentado sobre
la moto, fumando
para desencallar mis músculos
de un lento y fútil
desacato;
acaso intentándome
reconciliar con el tiempo,
después de cuánto
lo he repudiado.

(de mi primer poemario, “que empiece la tarde”)

a mi abuelo

me acuerdo de ti,
justo allí donde coinciden
el disfrute y la exigencia,
quizá porque mi pensamiento vaga a medio
camino entre una playa
y una fábrica.

aunque la edad quemó todas sus naves
en la orilla para proteger el último aliento
de aquel día tan largo,
el tiempo que nosotros emprendimos
tuvo tan poco del sabor de un rato
-el tiempo por el que optamos
se dejó tanto tiempo fuera del mismo-
que las horas acabaron convertidas
en altísimos edificios de arena.

cuántas veces, sin pensarlo,
me sorprendo saludando al conductor
del autobús; bajamos al centro,
el muñeco entre mis brazos
y yo entre los tuyos:
que no acabe nunca el verano,
si tengo que tocar el suelo
que sea para coger un poco de impulso
.

y tu voz, indulgente como siempre,
compitiendo otra vez contra el latido de un corazón
tan joven:
que no nos castigue el tiempo
como no queramos
.

vestirse en verano

en mi barrio,
al llegar San Juan,
ponen guirnaldas en las calles.
tardan
lo que dura una tarde
en armarlas.

luego permanecen
colgadas durante meses, reivindicando
que el recuerdo del deseo
es más importante que el deseo
mismo; como si la brasa
de ese fuego fuese
al mismo tiempo
el hambre que tenemos
y el pan que anhelamos.

ajada y descolorida,
la última tira, verde o naranja,
caerá gemela de las hojas
volantes en un nuevo
otoño. la oscuridad
nos devolverá,
poco a poco, la esperanza
y tendremos que ir
alargando, como tantas
otras veces, los días
para asimilarlo.

mientras te miro

ahora mismo está
durmiendo
la siesta.
en la casa huele
a café recién
molido
y a cansancio.
ha sido una mañana
dura, excesiva,
pero hemos conseguido
estar juntos
a la hora – tardía –
de comer.
antes me preguntó
si estoy bien, y le respondí
que sí,
que no tengo (cómo
iba a tenerlo) nada
de qué preocuparme.
luego,
o al día siguiente, nos
las veremos con lo extraño
del verano,
aunque sea costumbre,
y proseguiremos
con la búsqueda
de lo que ha de llegar.

Foto: Laura Torres