la última tarde

qué me queda del verano,
pienso
mientras observo
la playa desde el tren,
de vuelta a alguna parte
donde pasaré las horas
sentado sobre
la moto, fumando
para desencallar mis músculos
de un lento y fútil
desacato;
acaso intentándome
reconciliar con el tiempo,
después de cuánto
lo he repudiado.

(de mi primer poemario, “que empiece la tarde”)

nunca fue tiempo para artistas

nada como sacar la cabeza
por la ventana, recién
levantado, para reencontrarse
con el mundo y sus calles.

abajo, café en vaso
de plástico en mano,
mañana larga en las sienes,
alguien departe sobre alguien:

-en vez de artista
tendría que haber sido mujer,
señora, madre.
en vez de escenarios,
revistas, penas…:
¡hijos y hombres!-.

vuelvo a mi caso,
a hacerme el desayuno,
pensando que quizá
nunca fue buen tiempo para nadie.

estática vanidad

tratando de pensar como el adulto
al que siempre aplaudía me tatué
los recuerdos, como quien viste
una pared con otra pared, y derivé
mis manías a un socio fantasma,
de esos que plasman el nombre
de un hijo ficticio en los contratos
importantes. verme ahí fuera,
sentirme en otro lugar, en otras vidas
donde se acentúan las consonantes, revisitar
camino a otra casa las matrículas de los coches
de ambas aceras, es lo más parecido
a la ausencia de un reloj:
lo que el tiempo, decían, iba a acabar extinguiendo
crece, incesante, demoledor
como el propio tiempo.

y a la palabra me gustaría esconderle
todos sus cauces, desoírla desde
esta noche hasta el confín de mi existencia.
porque me huele a verdad
y es tan terriblemente cierta: cada palabra
que nace, sea vil o reconfortante,
es más verdadera; y bajo
su sombra evocadora valoro
descoser todas las redes
que la protegen y convertirme
en letra cuando me caiga encima
como granizo, como esta madrugada.

el vértigo es lo único que ahora merezco.

como siempre

ante todo, por ahora,
quiero que estés
tranquila (aunque
no sea el más indicado
para afirmártelo)
y que te fijes
en una cosa: la vida,
tantas veces
impasible y lejana,
nos va poniendo
en los lugares
necesarios
y las puertas, ya
no tanto por inercia,
se acaban abriendo.

y desde este último
umbral, yo quisiera
poder verlo todo
a la primera,
y tú quisieras
aun más tiempo
después de esa
primera vez, y ambos
transitamos torpes
por esa parte de la historia
que está lejos
alargando cada día
más los brazos,
reclamando
lo que, por derecho,
siempre hemos creído
nuestro, dando
cada vez más por sentado
que amamos
lo que tenemos
-y no tenemos
intención
de estropearlo-.

a salvo

que no nos castigue el tiempo
como no queramos,
que al abrir la puerta nuevamente
venga el fresco y cotizado
aliento de los pájaros.
si hay que conocer la verdad
antes de que duela
nos convertiremos, a la fuerza,
en sabios, y con los años
nos desacostumbraremos
a la paciencia,
a la prisa, a la fiesta
de las tardes de hojas cayendo.

hay una ciudad ahí abajo
deshaciéndose en deseos.