ejercicios de tiro

la vida la hacen ciertas
tardes en las que ocurren
los hechos más improbables.
en aquélla, se acercaba
el silencio desde muy pronto,
cada vez más incisivo
hasta la orilla,
arrastrando los últimos
vestigios de una enfermedad
transparente. lo que nos
esperaba, no por increíble
era menos sabido,
y todos se ponían de acuerdo
en destacar el desastre.
lo único que me calmaría
en un futuro próximo sería
avanzar veinte años o retroceder
diez, tan de golpe que la sangre
que en otro tiempo pretendiese
desbordarse no alcanzara
a inundar mi juventud.
ahora es reconfortante
disparar contra una pared
desgastada, saber que no me dio
para pasar hambre,
que no podré poner
de mi bolsillo la velocidad
y la hora exacta,
y para cuando lo que no puede ocurrir
me cambie estaré despierto,
guardando en la garganta
el miedo y su fuente.

eterna deriva de un beso

si te necesito no lo sé.
pero hay una fuerza insólita,
oculta en su forma de secreta
amenaza, que no ha parado
de crecer dentro de mí
hasta convencerme.
me aguarda siempre,
entre los últimos
pensamientos antes
de dormirme, la imagen
distorsionada de nuestros
momentos juntos -pendientes
de un reloj, de un pitido-,
diminuta como el cadáver
de un insecto, llevado al suicidio
en la noche de autos.
y como sé que no me sirve
hacer recuento, que no
voy a encontrar un solo
motivo que excuse esta nada,
me juro a mí mismo
que estoy en lo cierto:
el más largo tiempo
me ampara. no existes.
seguro que también lo prefieres.

a mi abuelo

me acuerdo de ti,
justo allí donde coinciden
el disfrute y la exigencia,
quizá porque mi pensamiento vaga a medio
camino entre una playa
y una fábrica.

aunque la edad quemó todas sus naves
en la orilla para proteger el último aliento
de aquel día tan largo,
el tiempo que nosotros emprendimos
tuvo tan poco del sabor de un rato
-el tiempo por el que optamos
se dejó tanto tiempo fuera del mismo-
que las horas acabaron convertidas
en altísimos edificios de arena.

cuántas veces, sin pensarlo,
me sorprendo saludando al conductor
del autobús; bajamos al centro,
el muñeco entre mis brazos
y yo entre los tuyos:
que no acabe nunca el verano,
si tengo que tocar el suelo
que sea para coger un poco de impulso
.

y tu voz, indulgente como siempre,
compitiendo otra vez contra el latido de un corazón
tan joven:
que no nos castigue el tiempo
como no queramos
.

como siempre

ante todo, por ahora,
quiero que estés
tranquila (aunque
no sea el más indicado
para afirmártelo)
y que te fijes
en una cosa: la vida,
tantas veces
impasible y lejana,
nos va poniendo
en los lugares
necesarios
y las puertas, ya
no tanto por inercia,
se acaban abriendo.

y desde este último
umbral, yo quisiera
poder verlo todo
a la primera,
y tú quisieras
aun más tiempo
después de esa
primera vez, y ambos
transitamos torpes
por esa parte de la historia
que está lejos
alargando cada día
más los brazos,
reclamando
lo que, por derecho,
siempre hemos creído
nuestro, dando
cada vez más por sentado
que amamos
lo que tenemos
-y no tenemos
intención
de estropearlo-.

a salvo

que no nos castigue el tiempo
como no queramos,
que al abrir la puerta nuevamente
venga el fresco y cotizado
aliento de los pájaros.
si hay que conocer la verdad
antes de que duela
nos convertiremos, a la fuerza,
en sabios, y con los años
nos desacostumbraremos
a la paciencia,
a la prisa, a la fiesta
de las tardes de hojas cayendo.

hay una ciudad ahí abajo
deshaciéndose en deseos.

primer día

como un niño, impaciente
y expectante por el tiempo
que le queda (pero
buen conocedor
de todo lo que ya ha vivido),
así es como me siento
yo cuando te estoy mirando.

y hoy pensaba preocuparme más
(porque éste es mi único sino),
pero he decidido guardarme
para cuando se me necesite
en las trincheras,

preparado para enfrentarme
a la más feroz de las batallas:

tu ausencia.