a salvo

que no nos castigue el tiempo
como no queramos,
que al abrir la puerta nuevamente
venga el fresco y cotizado
aliento de los pájaros.
si hay que conocer la verdad
antes de que duela
nos convertiremos, a la fuerza,
en sabios, y con los años
nos desacostumbraremos
a la paciencia,
a la prisa, a la fiesta
de las tardes de hojas cayendo.

hay una ciudad ahí abajo
deshaciéndose en deseos.

primer día

como un niño, impaciente
y expectante por el tiempo
que le queda (pero
buen conocedor
de todo lo que ya ha vivido),
así es como me siento
yo cuando te estoy mirando.

y hoy pensaba preocuparme más
(porque éste es mi único sino),
pero he decidido guardarme
para cuando se me necesite
en las trincheras,

preparado para enfrentarme
a la más feroz de las batallas:

tu ausencia.

a mi abuelo

me acuerdo de ti,
justo allí donde coinciden
el disfrute y la exigencia,
quizá porque mi pensamiento vaga a medio
camino entre una playa
y una fábrica.

aunque al final quemé todas mis naves
en la orilla para proteger el último aliento
de aquel día tan largo,
el tiempo que nosotros emprendimos
tuvo tan poco del sabor de un rato
-el tiempo por el que optamos
se dejó tanto tiempo fuera del mismo-
que las horas acabaron convertidas
en altísimos edificios de arena.

cuántas veces, sin pensarlo,
me sorprendo saludando al conductor
del autobús; bajamos al centro,
el muñeco entre mis brazos
y yo entre los tuyos:
que no acabe nunca este verano,
si tengo que tocar el suelo
que sea para coger un poco de impulso
.

y tu voz, indulgente como siempre,
compitiendo otra vez contra el latido de un corazón
tan joven:
que no nos castigue el tiempo
como no queramos
.