la última tarde

qué me queda del verano,
pienso
mientras observo
la playa desde el tren,
de vuelta a alguna parte
donde pasaré las horas
sentado sobre
la moto, fumando
para desencallar mis músculos
de un lento y fútil
desacato;
acaso intentándome
reconciliar con el tiempo,
después de cuánto
lo he repudiado.

(de mi primer poemario, “que empiece la tarde”)

mi primer epitafio

podría pasarme lo que queda de tarde
viendo cómo las últimas
gaviotas se suspenden
en las rachas de aire, las mismas
que azotan toldos
y ropa tendida con la violencia
de una pesadilla
de látigos. las nubes, como boyas
descarriadas al subir la marea,
asumen un color que es ya ceniza
sobre un fondo casi oscuro
mientras, más abajo, se apuran
intercambios, sorbos, besos,
números para el sorteo, deseos
de otras noches. me ha costado
su tiempo y mucha luz natural
pasar de ser el gran protagonista
a un simple espectador,
pero, una vez acostumbrado al cambio,
la vuelta es un reproche
imposible y un delirio,
como el final de ahí fuera.
ahora sobrevuelo
el nido, porque me sostiene
el momento, de una eternidad
ajena en la que todo
parece estar a punto
de acabarse.

con esto dejo de esperarte

la tarde al fin se hizo palabra. cuando
llegó, al estilo de la policía o los malos amantes,
yo andaba ya medio desnutrido de tanto racionar
mi apetito, pero con más empeño
que cuando lo único que hacía era esperarla.

porque me la tuve que inventar: fueron los años
sin calendario y de enterrar, tampoco a mucha
profundidad, las pistas del sueño. dormir
cuando la madrugada es un casino era imposible;
escribir con la cabeza mirando al suelo,
el más absurdo de mis desvaríos; tratar
de que el futuro se me enquistara entre los dedos, algo
tan inoportuno como pensarse siempre en la infancia…

y por primera vez alcé los brazos como respuesta al cansancio.
me acerqué un poco más hacia esa esquina
por donde sabía que vendría su sombra
para advertirla, aunque fuese medio minuto, antes.
pero en lugar de su estela, me encontré con que el silencio empezó
a perseguirme, y no dudé más:
en ese hueco donde hasta la tierra calla puse mi nombre.
desguacé la moto, encendí otro cigarro
y empecé a posponer mis planes.

discurso de investidura

esconde los vídeos, la contraseña,
las sábanas limpias. deshazte
de todo lo que no te haga feliz,
y haz que los demás acaben
odiando aquéllo que te gusta.
oculta la calvicie; los mensajes
de adiós, de basta, de no me llames,
de espero que pasemos unas buenas
vacaciones; sáltate el convenio,
las formas no, pero haz lo que sea
para no escuchar a nadie. dale
a tus conocidos lo que no le das
a tus familiares. no pagues tus deudas
pero sí la cuenta que mereces. piensa
que te diviertes, que te persiguen,
que te esperan, que alguien está
dispuesto a hurgar en tus cajones;
ven a buscarme tarde, por favor,
o mejor hoy ya no vengas, que yo
me he entretenido suponiéndome
otra idea, otra pista para entenderlo,
otra palabra que acabe con la guerra,
otra más de las cuatrocientas mil
excusas que has inventado, con todo
tu amor, para evitar quererme.