la memoria del cemento

algún día volveré
a caminar por donde antes
hubo adoquines;
y mientras lo pienso, la rápida
electrificación
de las aceras y el tráfico
perpetuo van estrechando
el mapa de la ciudad
con sus luces
y sus cuartos de hora,
pero convierten, a un suelo
que nunca se ha quejado,
en un espacio más extenso -y cada vez
más deseoso
de un lento olvido-.

aunque todo el movimiento
de estos años
no ha valido para conservar
siquiera cualquier
pedazo de ese primer mundo que vi,
su recuerdo me ha dado suficiente
convencimiento para construir
una carretera.
por si acaso,
guardo en los bolsillos
la memoria del cemento
que fundó esa primera tarde, cuando la playa
era el lugar más cercano de la tierra
y se iba andando,
ahora que mis pies
ya son cuchillos.

Foto: Laura Torres

cuestión de principios

lo mejor de las obras
es cuando empiezan,
cuando derriban
lo que había antes
y uno descubre una vista
nueva (o antigua, según
se mire), con ese trozo
de cielo virgen súbitamente
expuesto, y esas
fachadas detrás
que, de repente, parecen
despertar del letargo
del cemento.

bajando la Rambla, al lado
de una de las excavadoras,
con el aliento
de la tarde renovada
pasabas tú
volviendo del trabajo,
recién estrenado
-del día anterior-
el horario de verano.

poeta se nace

qué será de mí cuando ya no trabaje
y tenga por delante el milagro
de las horas libres.
espero estar a la altura,
que me persigan las mismas
ganas de moldear el momento
hasta el límite del equilibrio
-y lo sepa ver entonces-.
ensalzar todo aquello
que hago por instinto
y que ahora hago, como
si me escondiese, por necesidad:
pensar en lo que escribo,
dejar cualquier cosa a medias
por ponerme a ello,
rodearme del amor en el rincón
más último, leer
en el sofá, contigo.
y que empiece la tarde.

monedas al río

lo primero que perdí
fue la tarde; empecé a repartir
tarjetas y paquetes
demasiado pronto,
pero me propuse recuperarla,
iluso y ya cansado, para el último
año de carrera.

luego dejé la universidad
y, además, se fueron
descolgando de mis dedos
las mañanas sin ningún aviso,
por lo que sólo me quedaba el insomnio.
me agarré como una lapa seca
a las excusas y a las llamadas
a menos cinco, pero cuando
ya faltaba poco para el sábado,
de repente, la vida
empezaba a saberse una colección
de horas desaprovechadas
con algún rato envidiable.

pero ya no echo de menos.
qué sorpresa adivinarme tan robusto
ante la sacudida
del arrepentimiento: desde el desastre
organizado imagino
que mis tardes
son cualquier tarde de pesca
con mi abuelo o con mi tío, cogiendo
siempre el mismo pez
recién nacido que debe
lanzarse al agua de nuevo,
en un vibrante ciclo
que jamás es aburrido.

Foto: Laura Torres