con esto dejo de esperarte

la tarde al fin se hizo palabra. cuando
llegó, al estilo de la policía o los malos amantes,
yo andaba ya medio desnutrido de tanto racionar
mi apetito, pero con más empeño
que cuando lo único que hacía era esperarla.

porque me la tuve que inventar: fueron los años
sin calendario y de enterrar, tampoco a mucha
profundidad, las pistas del sueño. dormir
cuando la madrugada es un casino era imposible;
escribir con la cabeza mirando al suelo,
el más absurdo de mis desvaríos; tratar
de que el futuro se me enquistara entre los dedos, algo
tan inoportuno como pensarse siempre en la infancia…

y por primera vez alcé los brazos como respuesta al cansancio.
me acerqué un poco más hacia esa esquina
por donde sabía que vendría su sombra
para advertirla, aunque fuese medio minuto, antes.
pero en lugar de su estela, me encontré con que el silencio empezó
a perseguirme, y no dudé más:
en ese hueco donde hasta la tierra calla puse mi nombre.
desguacé la moto, encendí otro cigarro
y empecé a posponer mis planes.

ejercicios de tiro

la vida la hacen ciertas
tardes en las que ocurren
los hechos más improbables.
en aquélla, se acercaba
el silencio desde muy pronto,
cada vez más incisivo
hasta la orilla,
arrastrando los últimos
vestigios de una enfermedad
transparente. lo que nos
esperaba, no por increíble
era menos sabido,
y todos se ponían de acuerdo
en destacar el desastre.
lo único que me calmaría
en un futuro próximo sería
avanzar veinte años o retroceder
diez, tan de golpe que la sangre
que en otro tiempo pretendiese
desbordarse no alcanzara
a inundar mi juventud.
ahora es reconfortante
disparar contra una pared
desgastada, saber que no me dio
para pasar hambre,
que no podré poner
de mi bolsillo la velocidad
y la hora exacta,
y para cuando lo que no puede ocurrir
me cambie estaré despierto,
guardando en la garganta
el miedo y su fuente.