mañana de sábado

quitaste la foto
del marco,
de la misma manera
que acabas
con las caras tristes,
y pusiste un poema
mío – recién escrito –
en su lugar.
luego desayunamos,
pusimos una barrita
de incienso
de ésas que nunca
se agotan
y, que yo recuerde,
desde entonces nunca
he dejado – ni pienso
dejar – de escribirte.

monedas al río

lo primero que perdí
fue la tarde; empecé a repartir
tarjetas y paquetes
demasiado pronto,
pero me propuse recuperarla,
iluso y ya cansado, para el último
año de carrera.

luego dejé la universidad
y, además, se fueron
descolgando de mis dedos
las mañanas sin ningún aviso,
por lo que sólo me quedaba el insomnio.
me agarré como una lapa seca
a las excusas y a las llamadas
a menos cinco, pero cuando
ya faltaba poco para el sábado,
de repente, la vida
empezaba a saberse una colección
de horas desaprovechadas
con algún rato envidiable.

pero ya no echo de menos.
qué sorpresa adivinarme tan robusto
ante la sacudida
del arrepentimiento: desde el desastre
organizado imagino
que mis tardes
son cualquier tarde de pesca
con mi abuelo o con mi tío, cogiendo
siempre el mismo pez
recién nacido que debe
lanzarse al agua de nuevo,
en un vibrante ciclo
que jamás es aburrido.

Foto: Laura Torres