elogio de la velocidad

mi abuela se sube al coche
y emprende su enésima
mudanza. mira por la ventana
con el arrojo de quien
pide una carta
pudiendo plantarse:
dentro de un rato, ya
veremos. piensa
que hace treinta años ya se lo imaginaba
y los días siguen teniendo
ese color de enero,
las calles de tierra y toda la tierra
en las manos. cuida
con la vista cada detalle
de la carretera, como si fueran
miembros de su familia,
porque sabe que a cada pequeño recuerdo
hay que tratarlo con mucho cariño
y darle su espacio. un día,
de repente,
puede que la vida esté compuesta
solamente por ellos.

presentación en “Un cuaderno en blanco”, de Antonio J. Ramírez Pedrosa

el gran Antonio J. Ramírez Pedrosa (Twitter: @ajrp90) me dedica una entrada a modo de presentación en un apartado de su blog, con el mismo amor y cariño que le pone a todo. si entráis, no olvidéis leerle.

gracias, Antonio, por pertenecer a esa especie de personas en extinción que brilla y hace brillar a los demás.

tributo al exilio

me persigue el silencio. donde
antes habitaba la necesidad
de desquitarme, ahora
sólo existe una pequeña
ausencia. un mal presentimiento,
una tarde entera lloviendo
llenan los huecos
de la nueva soledad:
la tuya, que es tu medalla.
yo me quedo con el premio
de no acordarme de todo.

números para el sorteo

otro artículo que va directo
al hormiguero de mis marcadores,
otro like a un tuit
para que no se me olvide
que merecía la pena leerlo. no he logrado
empezar la novela, el plato de tenedor
de aquel famoso vídeo, esa frase
que tanto me quema en algún
lugar de la boca
tras un largo paseo por mi esófago. la tarde
avanzará y no te llamaré,
como ayer,
como siempre,
y el rato que me quede
dentro de una hora inútil quizá me alcance
para volver a soportarlo, hecho
un ovillo en un lado del sofá,
cuando la programación
y la tensión muscular sean ya el residuo
de otra semana sin días.
y, aunque me despierte
esperándolo, mañana tampoco
llegará, no vendrá a tiempo ese momento
justo en el que todo encaje,
pero tendré el presentimiento punzante
de que será un poco
más fácil
llevarlo mejor que hoy.

la última tarde

qué me queda del verano,
pienso
mientras observo
la playa desde el tren,
de vuelta a alguna parte
donde pasaré las horas
sentado sobre
la moto, fumando
para desencallar mis músculos
de un lento y fútil
desacato;
acaso intentándome
reconciliar con el tiempo,
después de cuánto
lo he repudiado.

(de mi primer poemario, “que empiece la tarde”)

mi primer epitafio

podría pasarme lo que queda de tarde
viendo cómo las últimas
gaviotas se suspenden
en las rachas de aire, las mismas
que azotan toldos
y ropa tendida con la violencia
de una pesadilla
de látigos. las nubes, como boyas
descarriadas al subir la marea,
asumen un color que es ya ceniza
sobre un fondo casi oscuro
mientras, más abajo, se apuran
intercambios, sorbos, besos,
números para el sorteo, deseos
de otras noches. me ha costado
su tiempo y mucha luz natural
pasar de ser el gran protagonista
a un simple espectador,
pero, una vez acostumbrado al cambio,
la vuelta es un reproche
imposible y un delirio,
como el final de ahí fuera.
ahora sobrevuelo
el nido, porque me sostiene
el momento, de una eternidad
ajena en la que todo
parece estar a punto
de acabarse.

círculo de tiza en el suelo

esta mañana
pasé con el coche
junto al cercado que convertimos
en parque, minutos
antes de aquel concierto.
tiempo después,
algo equivocados,
seguimos fumando lo mismo.
el semáforo estaba en rojo
como por primera vez
y he decidido
sacar una foto
y por primera vez he vuelto
a la oficina
sonriendo, y al salir
me has llamado.