estática vanidad

tratando de pensar como el adulto
al que siempre aplaudía me tatué
los recuerdos, como quien viste
una pared con otra pared, y derivé
mis manías a un socio fantasma,
de esos que plasman el nombre
de un hijo ficticio en los contratos
importantes. verme ahí fuera,
sentirme en otro lugar, en otras vidas
donde se acentúan las consonantes, revisitar
camino a otra casa las matrículas de los coches
de ambas aceras, es lo más parecido
a la ausencia de un reloj:
lo que el tiempo, decían, iba a acabar extinguiendo
crece, incesante, demoledor
como el propio tiempo.

y a la palabra me gustaría esconderle
todos sus cauces, desoírla desde
esta noche hasta el confín de mi existencia.
porque me huele a verdad
y es tan terriblemente cierta: cada palabra
que nace, sea vil o reconfortante,
es más verdadera; y bajo
su sombra evocadora valoro
descoser todas las redes
que la protegen y convertirme
en letra cuando me caiga encima
como granizo, como esta madrugada.

el vértigo es lo único que ahora merezco.

comparte mi rencor

todavía hoy busco un idioma para entender
la extensión de esta ruina. aunque
cuestione el discurso de los que saben,
no siempre la lucha es señal
de resistencia. si ya el impulso
es tan estéril, si ya he ampliado con mi llanto
el cauce hacia un incesante alivio,
para qué empezar, para qué poner
los pies en otro barrio,
en otra época
en la que hay alguien
que otra vez acude.

una vida sin consecuencias

si pudiera hacerte llegar
un mensaje no lo haría. tu obsesión
por la belleza de las palabras
excede al ímpetu que dedicas
a comprenderlas. que no me hizo
falta tu auxilio de bar de abajo
y despedidas apuradas salvo
para enterrar tus virtudes,
a saber, una lista de buenos
ratos y situaciones que nunca
se dieron. de tu agenda
arranqué hasta mi apellido,
pero seguías ignorándolo.
cuando sea el momento,
decías, tendrás que admitirlo;
si fuese por mí, todo sería como antes
y tú no te habrías enterado.