confección del orgullo mutuo

el intercambiador de una gran
ciudad es el lugar perfecto
para pensar el primer
mueble, porque su amplitud
nunca va reñida con el uso
de su espacio. que el autobús
parta a deshora, sólo la primera
de una serie de disculpas
poco ejemplares, fruto de pensar
que el pasillo más largo siempre conduce
al destino que más me conviene.
recuerdo que el desahogo vino con la sombra
de unas manos en la ventana
de emergencia ocultando, por última
vez, mis uñas descarnadas:
ese ansiado miedo por fin común a la siguiente
civilización advenediza. y agradezco
que la niebla de la madrugada, como a los coches, me ayudase
a tentar tu vida. miles de quilómetros
de mar, de sur, de nada
en lo que pensar excepto
volver encontrarnos; tantos mordiscos
para instaurar la tranquilidad
como se estampa un decreto; tanta
vastedad para después disolverme en cualquier
vago punto de tu horizonte.

con esto dejo de esperarte

la tarde al fin se hizo palabra. cuando
llegó, al estilo de la policía o los malos amantes,
yo andaba ya medio desnutrido de tanto racionar
mi apetito, pero con más empeño
que cuando lo único que hacía era esperarla.

porque me la tuve que inventar: fueron los años
sin calendario y de enterrar, tampoco a mucha
profundidad, las pistas del sueño. dormir
cuando la madrugada es un casino era imposible;
escribir con la cabeza mirando al suelo,
el más absurdo de mis desvaríos; tratar
de que el futuro se me enquistara entre los dedos, algo
tan inoportuno como pensarse siempre en la infancia…

y por primera vez alcé los brazos como respuesta al cansancio.
me acerqué un poco más hacia esa esquina
por donde sabía que vendría su sombra
para advertirla, aunque fuese medio minuto, antes.
pero en lugar de su estela, me encontré con que el silencio empezó
a perseguirme, y no dudé más:
en ese hueco donde hasta la tierra calla puse mi nombre.
desguacé la moto, encendí otro cigarro
y empecé a posponer mis planes.