una vida sin consecuencias

si pudiera hacerte llegar
un mensaje no lo haría. tu obsesión
por la belleza de las palabras
excede al ímpetu que dedicas
a comprenderlas. que no me hizo
falta tu auxilio de bar de abajo
y despedidas apuradas salvo
para enterrar tus virtudes,
a saber, una lista de buenos
ratos y situaciones que nunca
se dieron. de tu agenda
arranqué hasta mi apellido,
pero seguías ignorándolo.
cuando sea el momento,
decías, tendrás que admitirlo;
si fuese por mí, todo sería como antes
y tú no te habrías enterado.

último paseo en coche

he vivido demasiadas primeras
veces y le he cogido verdadero pánico
a las últimas.

tardé ocho años
en ponerme un cinturón,
en abrazar a mi hermano.

corta edad, no obstante, para entender
que con las palabras no basta,
que no debía comprarte el tabaco cada mañana;

al despertar, todavía no me había dormido
y el verano siempre llegaba pronto.

el olvido y nosotros

cambiaría los momentos, los lugares,
las personas, las palabras;
le daría la vuelta a la vida sólo para
conocernos en otras circunstancias,
con los nombres y las actitudes
que tú escogieras…
o dejaría que todo siguiera
con su formal permanencia y me cambiaría a mí,
por alguien que te buscara eternamente
en la sala de tus espejos.

será mi condición de eremita fracasado
la que me empuja a la distancia
o una mirada del destino que otra vez me absuelve;
aun así te recuerdo (con la misma facilidad
que tú tenías para ocultarme tus sentimientos
y hacer que me pareciera extraordinario)
haciendo pedacitos el paquete de tabaco,
hablando y bebiendo tanto para fingir
tan absurdamente.

sin haber cumplido los veinticinco
pensar en ti me hace sentir muy viejo,
cansado y débil, ebrio de pereza,
con los ojos exhaustos de repasar
los momentos, los lugares,
las personas, las palabras,
tratando de encontrar ese punto exacto
en el que empecé a perderte.