El gran fumador

En la nevera de mi apartamento luce, sujeta por un imán, una postal con una réplica del Gran Masturbador, recuerdo de una visita al museo Dalí en una de mis escapadas al Empordà. Es un dibujo raro, no me dirás que no, pero cunde; no sé por qué, pero me gusta, me dice mi amigo. Estoy contigo, le digo, tampoco sé por qué, bueno, un poco sí, le insisto, socarronamente, pero también me gusta. Tenía que ver con las pajas que se hacía de joven, ¿a que voy bien encaminado?, me pregunta, bastante cierto, le digo, apuesto a que conoces más sobre Dalí que lo que sabe todo el barrio. De hecho, me recuerda a una de esas estatuas tan curiosas de la Isla de Pascua, sí, parece como si una de esas estatuas estuviese bebiendo de una fuente, en vez de un pene enorme o una gran vagina o algo muy sexual, comenta. A mí, en cambio, digo, me recuerda a un mapa, un mapa como los de las pelis de piratas, uno como los de la isla del Tesoro, con anotaciones y cruces y calaveras y líneas discontinuas, quién sabe si certeras o si conducen a un lugar horrible.

Me gustan los mapas. Ya sean físicos, políticos, de carreteras, antiguos o actuales, mapas del mundo entero o de pueblos con tres casas y una iglesia. Cuando era pequeño me cayó para Reyes un globo terráqueo, de ésos con una bombilla en el interior que, cuando se enciende, pone colores chillones a los países, diferenciándolos entre sí con una claridad pasmosa. Las ciudades importantes estaban marcadas con simples puntos negros. Las capitales, con un cuadrado, negro también, y con las letras en mayúscula. Por algo son las capitales. Con cinco años me sabía las capitales de todos los países del mundo; eso creía entonces, aunque no me faltaba mucho para dar validez a una afirmación tan descarada. Dominaba toda Europa: me sabía incluso la de Liechtenstein, también la de Macedonia, vamos, que tenía un nivel muy digno; me sabía toda América, tanto el Norte, para principiantes, como el Sur, no tan fácil, ya que saber la capital del Surinam cuando aún no sabes ni el nombre de la calle en la que vives resulta mágico pero, a la vez, un poco siniestro; África también la tenía por la mano, y un altísimo porcentaje de las capitales asiáticas, así como Oceanía, siempre exceptuando las de algunas islas de la Polinesia, las de las pinturas de Gauguin, tan inalcanzables para mí como impronunciables.

Sinceramente, me faltaban algunas, como la de la Isla de Pascua, que, aunque no sea soberana, también tiene capital. Pero la gente no me preguntaba sobre capitales de ciudades que no conocían, así que, salvo catástrofe puntual, acertaba siempre. Digo ésto porque mi padre fardaba con amigos y familiares del hijo tan listo que tenía. Sí, tenía: es de ésos que un buen día, durante mi adolescencia, se fue a por tabaco y no volvió, como dicta la tradición. Fumaba mucho, así que no entraré en la cantidad de cigarrillos que fue a comprar, pero aún no ha vuelto. Y me dio un poco de rabia, porque no pude volver a llevarle la contraria nunca más, algo de lo que yo disfrutaba, quizá porque era lo único que compartíamos. Tenía una prima yugoslava (por aquél entonces, casi serbia; hoy, serbia total), casada con un importante periodista vasco, delante de la que siempre me preguntaba: ¿Bosnia?, y yo soltaba: Zagreb, y mi padre se daba con la palma de la mano en la frente y gritaba: ¡no, no, no!, a ver, ¿Croacia?, y yo volvía: Sarajevo, y su prima se reía, me acariciaba el pelo y me decía que me iban a fascinar Yugoslavia y los Balcanes. No me he dejado caer todavía por allí, pero para cuando me acerque seguro que sabrán perdonar esta confusión tan buscada, ya que, muchos años después, la capital de Bosnia, para mí, sigue siendo Zagreb. Y la de Croacia, Sarajevo. Y por los años que hace de todo esto, y de que mi padre se largó, bien podría estar el hombre más allá de Belgrado, aunque seguro que las distancias que recorre son cada día más cortas. Recuerdo que una vez, yo tendría seis años, nos llevó a Cadaquès y al museo Dalí. Cayó una tormenta, de ésas en las que se forma un manto de agua frente al parabrisas, y maldijo el nombre del pintor durante todo el viaje de vuelta, pitillo en boca, a diez por hora en la autopista. Seguro que la idea de ir para allí no fue suya, sino de mi madre, a ella le van más los museos y las cosas buenas, las de verdad, las que te hacen sentir cosas por dentro y por fuera; aunque a ella le maraville el románico y yo diga que me aburre y que prefiero el surrealismo. Al menos puedo seguir hablando con ella sobre estos temas. Nos sentamos en su terraza y me escucha muy atentamente, y me responde como sólo ella se atreve, y me ve fumar un cigarro detrás de otro.

Ella no fuma, y no creo que ahora le dé por empezar… En fin: algo, del tamaño de un mapa, me dice que tengo que estarle agradecido.

cronología del desamor

sabe un padre que no debe alimentarse del orgullo
pero algunos eligen no pasar hambre.

del mío recuerdo su escasa habilidad
para la cocina; supongo que por éso,
y porque el amor también
existe entre las migas del pan,
esa línea entre el orgullo y el olvido ha acabado
siendo tan delgada.

cierto día, después de levantarme
de la mesa, empecé a no soltar palabra.
me di cuenta de la importancia
del sonido en el proceso
de la comunicación,
precisamente,
porque todo estaba por delante de mí
y hacía más ruido
y, por entonces, mi tendencia a los silencios
era bastante desastrosa.

ahora me miro entre las grietas cada vez
más irreprensibles del espejo
y me presento así:
como una especie extinta de padre para tantas otras cosas
que una vez me arrinconaron.