Horarios (parte 3): Saliendo a la hora

I

Me levanto al toque de la alarma. Las cinco de la mañana. Otro día más en las trincheras. Me ducho rápido: hoy tengo que estar a las seis en la comisaría. Al menos, tendré la tarde libre para entrenar un poco…

En el cuerpo estamos un poco moscas, sobre todo este último mes, por lo del Coronalipsis. Llevo ya veinte horas de oficina y treinta de calle, justo ahora que vamos por la mitad del mes. Hoy me vuelve a tocar patrulla con Jaime, uno de los que más lleva. Es majo. Demasiado, diría yo. Ayer perdonó varias multas, todas a las abuelas de siempre, que cada mañana se van de rositas, y le cascó una buena a un chaval que paseaba a un perro de ésos de pelea con un porro en la mano. Después de tantos años, el tío es capaz de divisar al paso, y a varios metros de distancia, los “cigarritos” escondidos en las manos de los fumetas cuando los ocultan, con esa típica forma de pico en la que el porro queda envuelto por los dedos. Yo prefiero basarme en las pintas, que nunca fallan. A menudo, cuando sobra, o cuando lo incautado es más bien testimonial, que ambas cosas pueden pasar cuando nos dejamos caer por la periferia, Jaime y yo rememoramos nuestros viejos tiempos con algún que otro homenaje, pero después del último chequeo vamos con pies de plomo. Hoy peinamos el barrio donde me crie, aunque no muchos saben ésto; poca gracia me hace volver al extrarradio, con lo a gusto que se vive arriba de Lesseps.

Salimos sobre las ocho y media los dos. Como no podemos ir a la cafetería de siempre, nos llevamos las pastas del office y nos las comemos en el coche. No hay apenas tráfico y, si hay que salir o parar a alguien, dejamos todo en las alfombrillas, que están llenas de azúcar de varios días, y luego seguimos. Como vamos de secretas, se puede disimular un poco mejor, y encima no tengo que lavarme el uniforme. Nos zampamos unos cuantos dónuts de chocolate cada mañana, con la tontería, pero yo los quemo luego en mi querida elíptica, traída de Alemania. Por la barriga de Jaime, diría que él no.

II

Llegamos al barrio sobre las diez y media. De camino, han caído un par de multas a transportistas, para variar, e incluso hemos tenido que llevarnos a un par de tíos exaltados, que se piensan que la calle es suya, por lo que ya vamos con retraso. Barcelona es la ciudad de los warnings, como yo la llamo. Hay más coches “parados”, medio subidos en las aceras, o detenidos en medio de la calzada descargando cosas, que circulando, que ya es decir. Si tuviéramos que sancionar a todos, habría que montar una unidad a parte en el cuerpo, para poder dar abasto.

Jaime tiene que pasar por una tienda de animales que sufrió un robo la semana pasada, para acabar de apañar los últimos detalles de la denuncia con el dueño, al que conoce de su infancia en Badajoz. Yo también guardo algún conocido de cuando era más joven: justo a tres minutos de aquí vive un antiguo colega de correrías. Recuerdo que, cuando entré en el cuerpo, los primeros meses le avisaba de los controles que había repartidos por la ciudad, ya que se dedicaba a repartir grifa por el barrio, y más allá, con su Jog, a cambio de soplarnos quién movía por las mismas zonas. Creo que un día tuvo un buen susto, y que ya no se dedica. Ojalá saliese escaldado. También, en un bloque de esta calle, vive otro amigo de siempre, Jorge, el más coherente (después de mí, claro), el tercero en discordia del grupo de jaranas. Ambos salimos pronto de todo aquéllo.

Aparcamos y acabamos con la reserva de dónuts. Desde la radio nos dan unas cuantas instrucciones para cuando acabemos la ronda. Seguro que hoy tampoco salgo a la hora. Nos disponemos a salir del coche, cuando Jaime me agarra del codo:

– Javi, ¿has visto este tipo de ahí?

A unos cuarenta metros hacia delante, en frente de un supermercado, observamos a un varón de unos veintiocho-treinta años, todo de negro, con una braga también negra tapándole casi toda la cara, que mira su móvil apoyado en la pared, pegado a un portal, creo que donde vive Jorge. El individuo mira alrededor cada dos minutos, más o menos, como pendiente de quién pasa por su lado.

– Vamos a charlar con él un rato, a ver qué nos cuenta. No lleva ni bolsa, ni perro; éste se lleva una nota hoy.

Para ver su reacción, saco la sirena de la guantera, la pongo sobre el techo del coche, y la activo. ¡Bingo!

III

Nos acercamos hasta él. Se agacha para coger algo y rápido se mete dentro del portal. Alguien le habrá abierto la puerta… y desde la radio nos reclaman. Tenemos que volver a Barna centro.Quédate pendiente de las instrucciones, yo voy a bajar un momento – me dice Jaime mientras abre la puerta, se coloca la mascarilla, sale del coche y se dirige hacia el edificio.

– ¡Que no se te escape! – le respondo, socarrón, y me vuelvo a la radio.

Recibo atento las órdenes de mi compañero al otro lado del canal y corto la comunicación. Ha habido un robo en una tienda cara de la zona de Plaza Catalunya. Cojo el paquete de Camel de la guantera y busco a Jaime con la mirada. Habla con alguien del edificio, asomado a una ventana. Bajo la ventanilla para escuchar la conversación. Es una pareja joven. Al chico no lo veo bien, le tapa una planta, pero a la chica sí; muy aparente, por cierto.

– ¿Viven ustedes ahí? – pregunta Jaime, que se lleva la mano a la frente para protegerse del sol.

– Sí, sí. Los dos – asienten desde la ventana.

– ¿No han visto nada raro en estos últimos veinte minutos? – vuelve a preguntar Jaime.

Me decido a salir del coche. Rebusco en la guantera la mascarilla, pero no doy con ella. Da igual. Cuánta tontería, seguro que esto del virus es todo un invento de algún iluminado de arriba. Nada más poner los pies en la acera, desde la ventana en cuestión, una voz masculina que ya no recordaba me llama por mi nombre.

IV

Es Jorge, mi amigo del colegio. No lo veía desde hace casi un año.Hombre Jorge, cuánto tiempo.

– ¿Puedo subir un momento a hablar contigo?

– Por supuesto, sube. Te abro ahora mismo.

– Espérame dentro. Bajo en dos minutos – le digo a Jaime, señalándole el coche.

Jorge me abre y empujo la puerta. Mientras me llaman por el walkie, cruzo un pasillo estrecho hasta las escaleras. Por ellas baja el chico de negro, pobre diablo, que lleva ahora la braga al cuello…, y lo reconozco a la primera.

– Joder, Diego, así que eras tú.

– Hola Javi… Qué susto, tío… – murmura, más asustado que cordial; más caco que poli.

– Tranquilo, tranquilo. Debí de haberlo imaginado. Ponte otra ropa, tío, pareces nuevo. ¿Tan mal te va?

– Imagínate. Con todo el rollo, me han echado del curro y estoy sin un duro.

– Está todo el mundo igual. Por cierto, ¿qué has cogido del suelo antes de entrar?

Diego me aparta la mirada y se lleva las manos a los bolsillos de la sudadera. Parece que tartamudea antes, incluso, de empezar a hablar. Es mi momento preferido: antes de que canten. Y el walkie no deja de dar la tabarra…

– Nada. He pasado por la farmacia a por una medicina. No pensarás quitármelas, ¿no?

– Dame la caja – le ordeno. Extiendo mi mano abierta hacia él.

Jorge ha bajado y se acerca a nosotros, que estamos en medio del pasillo. Se para a unos tres metros, al pie de la escalera. Diego alarga también su brazo para darme la caja, pero Jorge nos interrumpe:

– Tú, déjalo en el suelo. Y tú, cógelo del suelo. ¿En qué mundo vivís?

– Calla, Jorge. Aquí las órdenes las doy yo. Por cierto, ¿Cómo estás? Espero que mejor que éste…

V

– ¿Pasa algo, Javi?

– ¿Vivís juntos? – le pregunto a Jorge – me ha parecido ver a una chica desde la ventana y pensé que sería tu novia.

Diego carraspea, con la caja todavía en las manos.

– Vivo aquí con mi novia, sí. Y ahora mismo no estoy entendiendo nada – dice Jorge, de brazos cruzados.

– Que sí, Javi, que me has pillado. Vivo donde siempre… – se gira -. Perdona, Jorge. No quería meterte en ningún lío.

Aprovecho el momento para quitarle a Diego la cajita de las manos. Strepsils, los del anuncio. La agito. Suena algo duro, como una piedra. En este caso, no del campo.

– ¿Cuánto hay aquí?

– Unos veinte gramos. De marrón. Quédatelo, pero, por favor, la receta no, te juro que ya no me dedico. De algún sitio tengo que sacar pasta mientras dure todo ésto…

– ¿Y tengo que creerte? De todos modos, no puedo irme sin multarte.

Jorge se acerca un metro más hacia nosotros. Destensa los brazos y pone la misma cara que pone Jaime después de perdonar a las viejas del barrio.

– No quiero quitarle la culpa, pero acuérdate de cuando nos pasaba a nosotros, Javi. La de veces que llegamos a casa enfadados y sin nada que llevarnos a la boca. No defiendo que él siga con estos temas, pero parece preocupado. Arriesgarse por tan poco…

– Éso, Javi, enróllate. No hace tanto que me echabas un cable.

– Javi, el walkie – interrumpe Jorge.

Ahora la voz es de Jaime, que me abronca. No puedo esperar, necesitan efectivos en el centro. Hoy no llego a casa a la hora ni a tiros.

– Te vas a librar, Diego. Y no será por ganas. Pero ésto – le digo, meneando la cajita delante de sus ojos – me lo llevo. Y vete para casa, ya.

Me despido mientras salgo. Tengo que reconocer que el día se está poniendo interesante. Nunca pensé que nadie se me escaparía de una multa. Y menos, Diego.

*

VI – Final

Jaime me espera frente al portal con la puerta del coche abierta. Las dependientas del súper cuchichean, con sus cigarros a medias. Me subo y bajo la ventanilla. Jaime acelera. Desde un balcón del segundo piso, un chaval de unos veintidós años nos sigue inquieto con la mirada mientras avanzamos, móvil en mano, y de pronto desaparece. Ahora todo el mundo graba cualquier tontería.

– Mal asunto lo del robo. Hay que darse prisa – insiste Jaime, que le echa el ojo a la cajita. Por cierto, ¿te duele la garganta?

– Puede que tenga algo de carraspera… – apago el walkie, qué estrés – Oye Jaime, ¿Cuándo nos hacen el próximo análisis?

Horarios (parte 2): La hora convenida

I

Me despierta el sol. Soy de los que soba con la persiana subida. Así, por más que cante el despertador, no me pilla sopa. Además, veo cómo los vecinos salen a sus balcones a tomar el café y a fumar sus primeros pitis del día, y me voy espabilando a la par que el barrio. Esta mañana tengo que estar pendiente del teléfono…
Me he quedado sin curro. Al menos, sin el legal. Y tengo diecinueve euros en el banco. No puedo ni sacar el último billete de veinte… Con ésto del virus, no creo que sea el único que esté jodido. Estoy (o estaba, porque nos han echado a la mayoría) en una famosísima empresa de seguridad que nos pone en el campo del Barça, los días de partido, a controlar a la gente y evitar altercados. Sí, los del chaleco naranja; los que vamos al partido a estar de espaldas a él y, encima, nos pagan una mierda. Sé de un colega que una noche se giró tras un gol de Messi en el descuento, y ya no vino más. Por no hablar de aquella vez en la que unos ultras holandeses me rompieron una muñeca y la empresa no quiso hacerse cargo de nada; otro colega me explicó que podía pedir una pensión de incapacidad, pero no llegué muy lejos en el proceso… el tío cobra una paguita, y lo que le pasa es que no puede mover bien el dedo meñique derecho. “El que vale, vale, y el que no, pa’l Barça”, decía un profesor de matemáticas. En fin, menos mal que me tocó en la mano mala. Total, que tengo que volver a pasar, y para hacerlo he tenido que contactar con mi antiguo “jefe”, que me ha atendido como si no hubiera pasado el tiempo. Juro que pensé que no tendría que volver nunca…

II

Ayer, sobre las dos de la mañana, hace unas horas, vaya, picó a mi apartamento un repartidor de Glovo con el material. Tal y como me habían dicho, pero no me esperaba el numerito. De primeras, le dije que se fuese, que no había pedido nada, pero al decirme de dónde venía al fin lo entendí y acepté el paquete. Flipante. ¿Sabrá el tipo lo que llevaba encima? No tuve ni que pagarle… Luego revisé la mercancía y la postureé de veinte en veinte hasta que me dieron las cuatro de la madrugada, así que debo de haber dormido unas cuatro horitas… Después de levantarme, nada más salir de la ducha, he encendido el móvil… y ya tenía mi primer pedido.

III

Con el rollo de las asociaciones cannábicas, los camellos han perdido mucho peso en los últimos años. Lo de ir a pillar a dos minutos de tu casa, sin esperas, con calidad por precios…, hay que reconocer que es la hostia. Pero, con el estado de alarma, los clubes han tenido que chapar, dejando tirados a muchísimos fumadores… que fijo que han tenido que rebuscar en el fondo de sus agendas aquel teléfono al que pensaron que nunca volverían a llamar.
El “jefe” ya me avisó de que a partir de esta mañana aparecerían los primeros necesitados, y tenía razón. Son las diez, y uno ya me está pidiendo cincuenta pavos. De lo que tengo, primero me lo saco de encima y luego pago, y yo me quedo una pequeña diferencia (que puede ser mayor si no me lo fumo yo todo antes de venderlo). Como decían en una serie de hace la tira: vender y fumar está de puta madre, pero vender sin fumar es el chollo del siglo. Entonces, si me porto bien, puedo sacar un pavo de cada cinco, más o menos…
Empiezo la conversación con el tipo. Estoy a punto de empezar también una conversación con un colega poli que patrulla en el barrio, al que conozco desde que éramos enanos y que antes me chivaba los controles, pero al final me echo atrás. Es aquí al lado. El tipo está algo nervioso, se lo noto hasta por WhatsApp. Para estas cosas ahora la gente usa más el Telegram, pero no me voy a poner toca-huevos. Me dice todo el rato que no quiere problemas, para ninguno de los dos. Vive a tres minutos de mí, pero no tiene perro y salió ayer a comprar, por lo que prefiere no mover el culo, por si acaso. Ya lo muevo yo, tampoco es plan de perder el primer cliente… Nos veremos a las once menos cuarto. Me pregunta si conozco un súper que hay aquí al lado, justo debajo de su casa, y que en frente hay un portal. Me parece un sitio perfecto, porque encima del supermercado hay unas oficinas que ahora estarán cerradas, y sólo hay pisos en la acera de enfrente. Con dejarle el material en una cajita enfrente del súper, evitaremos que desde los balcones puedan cazarnos. Luego él bajará, cuando le haga la perdida, dejará otra cajita con el dinero, una vez coja lo suyo, y yo pasaré a recoger lo mío. Fácil, simple y sin charloteo. Después, otra vez por WhatsApp, ya nos diremos lo mucho que nos queremos.

IV

Salgo de mi casa sobre menos veinte. Desde la ventana me ha parecido ver a demasiada gente por la calle; no la misma que un día normal, pero sí mucha para estar como estamos. Si a ésto le sumas que es el primer día de sol después de mucha lluvia… La gente lleva, casi toda, mascarilla. Mi padre me comentó hace días que me mandaría alguna (por Glovo, seguro…), pero nada. Y no las venden en ningún lado. De momento, no soy el único que no lleva. Pero, a este paso, acabaré siéndolo. Así que voy con una braga negra que me llega casi hasta los ojos, que no pega mucho a estas alturas del año y que, como también voy entero de negro, me hace parecer un térror del Counter Strike.
Doblo una esquina, otra y a la tercera ya veo el súper en medio de la calle. El tío vive en el mismo bloque que Jorge, un amigo del colegio, al que hace ya casi un año que no veo. Espero que las cosas le vayan mejor que a mí.
En este tramo debe de haber ahora unas cinco personas, todas abuelas, todas con su carro de la compra, calle arriba, calle abajo. No pasa un coche. Todos aparcados. En un primero, veo a una chica en un balcón con una birra en la mano. Después me tomo yo una, y dos, pero primero va ésto. Me acerco, despacio, hasta el punto exacto. Dos dependientas del súper terminan los cigarrillos frente a la puerta. Ya se meten para adentro. Yo me apoyo en la pared y hago que miro algo en el móvil, como con mucho interés. Luego miro a un lado y al otro. Ahora, nadie. Le doy el toque al chaval. Me agacho. Saco del bolsillo una cajita de Strepsil, de ésos de lidocaína, con la piedra dentro. La dejo en el escalón, pegada a la pared y a la puerta. Me pongo de pie otra vez y pretendo alejarme unos metros, cuando de repente oigo un ruido que hace tiempo que no oía, pero que me resulta familiar.

V

La puta sirena de los malos. La han puesto sólo un momento, mientras vienen hacia mí. ¿De dónde coño han salido? Es un coche secreta, con la sirena azul de quita y pon. Estarían aparcados más abajo. Me agacho otra vez. Los dos polis de dentro me señalan con el dedo. Cojo la cajita. La meto en el bolsillo. La madre que me parió. El telefonillo. Me parece que era el entresuelo-segunda. Contestan.

– ¡Abre, Jorge! ¡Soy Diego! ¡Abre, por dios!