mañana de sábado

quitaste la foto
del marco,
de la misma manera
que acabas
con las caras tristes,
y pusiste un poema
mío – recién escrito –
en su lugar.
luego desayunamos,
pusimos una barrita
de incienso
de ésas que nunca
se agotan
y, que yo recuerde,
desde entonces nunca
he dejado – ni pienso
dejar – de escribirte.