esta tarde la dedico a escribir

primero ha sido la llamada
de la aseguradora: no entra,
no cubre, no pagan, la próxima vez
revise la letra pequeña. al rato,
el café: me he quemado media mano
a la italiana. hoy no habrá
conciliación, ni aperitivo, ni cobros
del erte sin complicaciones, ni finales
de película para noviembre,
ni las cosas claras; por no haber
no hay ni ibuprofeno,
ni arroz, ni sal, ni tomate
frito. las ojeras
de ayer son hoy una fatiga incurable.
una de las perras ha dejado de oír, la otra
empieza a mear sangre; y luego
al trabajo, lo mejor, porque de qué
te quejas, pensará alguien; y yo sólo pienso
inocentemente en nosotros, en todo lo que me va a quitar
la tarde… aquello que siempre soy:
lo que escribo, de vez
en cuando, mientras
te espero y ya anochece.

con esto dejo de esperarte

la tarde al fin se hizo palabra. cuando
llegó, al estilo de la policía o los malos amantes,
yo andaba ya medio desnutrido de tanto racionar
mi apetito, pero con más empeño
que cuando lo único que hacía era esperarla.

porque me la tuve que inventar: fueron los años
sin calendario y de enterrar, tampoco a mucha
profundidad, las pistas del sueño. dormir
cuando la madrugada es un casino era imposible;
escribir con la cabeza mirando al suelo,
el más absurdo de mis desvaríos; tratar
de que el futuro se me enquistara entre los dedos, algo
tan inoportuno como pensarse siempre en la infancia…

y por primera vez alcé los brazos como respuesta al cansancio.
me acerqué un poco más hacia esa esquina
por donde sabía que vendría su sombra
para advertirla, aunque fuese medio minuto, antes.
pero en lugar de su estela, me encontré con que el silencio empezó
a perseguirme, y no dudé más:
en ese hueco donde hasta la tierra calla puse mi nombre.
desguacé la moto, encendí otro cigarro
y empecé a posponer mis planes.