confección del orgullo mutuo

el intercambiador de una gran
ciudad es el lugar perfecto
para pensar el primer
mueble, porque su amplitud
siempre va reñida con el uso
de su espacio. que el autobús
parta a deshora, sólo la primera
de una serie de disculpas
poco ejemplares, fruto de pensar
que el pasillo más largo siempre conduce
al destino que más me conviene.
recuerdo que el desahogo vino con la sombra
de unas manos en la ventana
de emergencia ocultando, por última
vez, mis uñas descarnadas:
ese ansiado miedo por fin común a la siguiente
civilización advenediza. y agradezco
que la niebla de la madrugada, como a los coches, me ayudase
a tentar tu vida. miles de quilómetros
de mar, de sur, de nada
en lo que pensar excepto
volver encontrarnos; tantos mordiscos
para instaurar la tranquilidad
como se estampa un decreto; tanta
vastedad para después disolverme en cualquier
vago punto de tu horizonte.