Cuando salgo de su casa,

después de visitarla otra vez, escojo la calle que peor me va para regresar. Lo hago porque ella siempre sale al balcón para alargar la despedida. Me busca con la paciencia de quien puede abarcarlo todo y cuando, al fin, da con mi silueta en el tapiz de la plaza, alza y mueve despacio su mano, con la misma cadencia que muestran los años pasando ya para los dos, y yo me giro varias veces para imitarla mientras camino, sin detenerme, para no quitarle valor a un nuevo “hasta luego”. De todo lo que me da, ésto es lo que recuerdo con más ternura. Bueno, habría que añadir que, una lejana mañana de octubre, dio a luz a mi madre.