estática vanidad

tratando de pensar como el adulto
al que siempre aplaudía me tatué
los recuerdos, como quien viste
una pared con otra pared, y derivé
mis manías a un socio fantasma,
de esos que plasman el nombre
de un hijo ficticio en los contratos
importantes. verme ahí fuera,
sentirme en otro lugar, en otras vidas
donde se acentúan las consonantes, revisitar
camino a otra casa las matrículas de los coches
de ambas aceras, es lo más parecido
a la ausencia de un reloj:
lo que el tiempo, decían, iba a acabar extinguiendo
crece, incesante, demoledor
como el propio tiempo.

y a la palabra me gustaría esconderle
todos sus cauces, desoírla desde
esta noche hasta el confín de mi existencia.
porque me huele a verdad
y es tan terriblemente cierta: cada palabra
que nace, sea vil o reconfortante,
es más verdadera; y bajo
su sombra evocadora valoro
descoser todas las redes
que la protegen y convertirme
en letra cuando me caiga encima
como granizo, como esta madrugada.

el vértigo es lo único que ahora merezco.

a ti

te he buscado
por toda la facultad de geografía
a ciegas,
como si de una terminal se tratara
o de un andén,
siguiendo
el caudal de tu ausencia.

te he pensado
durante tantos días, al levantarme
sobre todo,
como si tu olvido un final marcara
o un inicio,
como si volver mañana
no resultase tan estúpido,
haciendo
del ayer un todavía.

Foto: Míriam Méndez