elogio de la velocidad

mi abuela se sube al coche
y emprende su enésima
mudanza. mira por la ventana
con el arrojo de quien
pide una carta
pudiendo plantarse:
dentro de un rato, ya
veremos. piensa
que hace treinta años ya se lo imaginaba
y los días siguen teniendo
ese color de enero,
las calles de tierra y toda la tierra
en las manos. cuida
con la vista cada detalle
de la carretera, como si fueran
miembros de su familia,
porque sabe que a cada pequeño recuerdo
hay que tratarlo con mucho cariño
y darle su espacio. un día,
de repente,
puede que la vida esté compuesta
solamente por ellos.

*de mi primer poemario, “que empiece la tarde”.

Cuando salgo de su casa,

después de visitarla otra vez, escojo la calle que peor me va para regresar. Lo hago porque ella siempre sale al balcón para alargar la despedida. Me busca con la paciencia de quien puede abarcarlo todo y cuando, al fin, da con mi silueta en el tapiz de la plaza, alza y mueve despacio su mano, con la misma cadencia que muestran los años pasando ya para los dos, y yo me giro varias veces para imitarla mientras camino, sin detenerme, para no quitarle valor a un nuevo “hasta luego”. De todo lo que me da, ésto es lo que recuerdo con más ternura. Bueno, habría que añadir que, una lejana mañana de octubre, dio a luz a mi madre.