cronología del desamor

sabe un padre que no debe alimentarse del orgullo
pero algunos eligen no pasar hambre.

del mío recuerdo su escasa habilidad
para la cocina; supongo que por éso,
y porque el amor también
existe entre las migas del pan,
esa línea entre el orgullo y el olvido ha acabado
siendo tan delgada.

cierto día, después de levantarme
de la mesa, empecé a no soltar palabra.
me di cuenta de la importancia
del sonido en el proceso
de la comunicación,
precisamente,
porque todo estaba por delante de mí
y hacía más ruido
y, por entonces, mi tendencia a los silencios
era bastante desastrosa.

ahora me miro entre las grietas cada vez
más irreprensibles del espejo
y me presento así:
como una especie extinta de padre para tantas otras cosas
que una vez me arrinconaron.

Barcelona

a estas horas ya me va
faltando poco
para verte. habré recorrido
media ciudad buscando
un bar desde donde
escribirte, y habré
encontrado el mismo
de siempre. para ser
sincero, haciendo
recuento, no hay terraza
que bordee desde
la que no te haya escrito,
loco por poner el reloj
a andar, sumergido
en el denso caudal
de tu recuerdo.
nos vimos esta mañana,
pero sabes, porque
no hago más que repetírtelo,
que eso todavía
es más que demasiado, y como
aquél que se aleja
para buscar entre el olvido
aquello que un día
echó de menos,
yo me pierdo
todas las vísperas
en idéntico pensamiento,
pero luego
sucede que te miro.

un buen ciudadano

quiero tirar un día más.
enfurecer, por fin, a los vecinos;
emborracharme
por la mañana;
casarme sin pasar por el tedioso
proceso de conocer
a mi pareja ideal.
en definitiva,
convertirme en el adulto que nunca seré
porque no sé que soy un niño.

que llegue la noche otra vez, sin
más preguntas que las habituales:
por qué todo va tan lento.
qué pone en mi reloj.
quién no he sido.

Foto: Laura Torres

balcones

me imagino a mis amigos
en la tienda de muebles,
escogiendo todos la misma
mesa para el salón,
porque ayer compramos ya los mismos vasos;
también la duda recurrente en sus cabezas
y esa extraña sensación de seguridad:
que si estás comprando
muebles con tu novia
puede que, por primera vez,
no te apetezca estar
en cualquier otro sitio.

no hace tanto,
cuando lo único que buscábamos
era la ruptura con nuestros
cuerpos, hubiéramos llenado
una piscina con la sangre
que perdimos. les diría, mientras
salen por la puerta
y vuelven a una calle recién inaugurada,
que estoy a punto de sentir aquéllo:
no me voy
porque, al fin, pude escoger
que me quedaba.

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Foto: David Jimeno

Nos vemos los Lunes… en Lesbos.

a mi abuelo

me acuerdo de ti,
justo allí donde coinciden
el disfrute y la exigencia,
quizá porque mi pensamiento vaga a medio
camino entre una playa
y una fábrica.

aunque al final quemé todas mis naves
en la orilla para proteger el último aliento
de aquel día tan largo,
el tiempo que nosotros emprendimos
tuvo tan poco del sabor de un rato
-el tiempo por el que optamos
se dejó tanto tiempo fuera del mismo-
que las horas acabaron convertidas
en altísimos edificios de arena.

cuántas veces, sin pensarlo,
me sorprendo saludando al conductor
del autobús; bajamos al centro,
el muñeco entre mis brazos
y yo entre los tuyos:
que no acabe nunca este verano,
si tengo que tocar el suelo
que sea para coger un poco de impulso
.

y tu voz, indulgente como siempre,
compitiendo otra vez contra el latido de un corazón
tan joven:
que no nos castigue el tiempo
como no queramos
.

poeta se nace

qué será de mí cuando ya no trabaje
y tenga por delante el milagro
de las horas libres.
espero estar a la altura,
que me persigan las mismas
ganas de moldear el momento
hasta el límite del equilibrio
-y lo sepa ver entonces-.
ensalzar todo aquello
que hago por instinto
y que ahora hago, como
si me escondiese, por necesidad:
pensar en lo que escribo,
dejar cualquier cosa a medias
por ponerme a ello,
rodearme del amor en el rincón
más último, leer
en el sofá, contigo.
y que empiece la tarde.

ésto ya lo he soñado

he soñado que mis dientes
se caían. sin preverlo,
me encontraba
masticándolos con las encías,
las manos
me tapaban la boca.
salía a la calle, a correr
detrás de los coches,
pero pronto me alejaba del bullicio
a comprobar cuántas piezas
me quedaban aún sujetas. amanecía.
ni una mueca
de fastidio ante el horror
que me alcanzaba
y, sin embargo,
incapaz
de no creerme esta mentira.

mis ojos,
el resto del día,
buscando qué callar.
he comido tarde.