una vida sin consecuencias

si pudiera hacerte llegar
un mensaje no lo haría. tu obsesión
por la belleza de las palabras
excede al ímpetu que dedicas
a comprenderlas. que no me hizo
falta tu auxilio de bar de abajo
y despedidas apuradas salvo
para enterrar tus virtudes,
a saber, una lista de buenos
ratos y situaciones que nunca
se dieron. de tu agenda
arranqué hasta mi apellido,
pero seguías ignorándolo.
cuando sea el momento,
decías, tendrás que admitirlo;
si fuese por mí, todo sería como antes
y tú no te habrías enterado.

a mi abuelo

me acuerdo de ti,
justo allí donde coinciden
el disfrute y la exigencia,
quizá porque mi pensamiento vaga a medio
camino entre una playa
y una fábrica.

aunque la edad quemó todas sus naves
en la orilla para proteger el último aliento
de aquel día tan largo,
el tiempo que nosotros emprendimos
tuvo tan poco del sabor de un rato
-el tiempo por el que optamos
se dejó tanto tiempo fuera del mismo-
que las horas acabaron convertidas
en altísimos edificios de arena.

cuántas veces, sin pensarlo,
me sorprendo saludando al conductor
del autobús; bajamos al centro,
el muñeco entre mis brazos
y yo entre los tuyos:
que no acabe nunca el verano,
si tengo que tocar el suelo
que sea para coger un poco de impulso
.

y tu voz, indulgente como siempre,
compitiendo otra vez contra el latido de un corazón
tan joven:
que no nos castigue el tiempo
como no queramos
.

esto ya lo he soñado

he soñado que mis dientes
se caían. sin preverlo,
me encontraba
masticándolos con las encías,
las manos
me tapaban la boca.
salía a la calle, a correr
detrás de los coches,
pero pronto me alejaba del bullicio
a comprobar cuántas piezas
me quedaban aún sujetas. amanecía.
ni una mueca
de fastidio ante el horror
que me alcanzaba
y, sin embargo,
incapaz
de no creerme esta mentira.

mis ojos,
el resto del día,
buscando qué callar.
he comido tarde.

grandes éxitos

tu último intento por rescatarnos
se basó en despedazar las canciones
que tanto habíamos
cantado juntos desde pequeños.

sentados en el suelo,
levemente iluminadas nuestras caras
por las lucecitas de la minicadena,
fuiste haciendo
trizas, una a una, todas
esas letras que nos hablaban
de un verano mejor,
de una vida más adulta:
preguntas que ansié
disponerte en cada viaje
hasta la cima del desaliento
y tú sólo resolviste en llanto.

fue algo así como
un morir matando
en una batalla de espadas romas
y brazos cortos.