El gran fumador

En la nevera de mi apartamento luce, sujeta por un imán, una postal con una réplica del Gran Masturbador, recuerdo de una visita al museo Dalí en una de mis escapadas al Empordà. Es un dibujo raro, no me dirás que no, pero cunde; no sé por qué, pero me gusta, me dice mi amigo. Estoy contigo, le digo, tampoco sé por qué, bueno, un poco sí, le insisto, socarronamente, pero también me gusta. Tenía que ver con las pajas que se hacía de joven, ¿a que voy bien encaminado?, me pregunta, bastante cierto, le digo, apuesto a que conoces más sobre Dalí que lo que sabe todo el barrio. De hecho, me recuerda a una de esas estatuas tan curiosas de la Isla de Pascua, sí, parece como si una de esas estatuas estuviese bebiendo de una fuente, en vez de un pene enorme o una gran vagina o algo muy sexual, comenta. A mí, en cambio, digo, me recuerda a un mapa, un mapa como los de las pelis de piratas, uno como los de la isla del Tesoro, con anotaciones y cruces y calaveras y líneas discontinuas, quién sabe si certeras o si conducen a un lugar horrible.

Me gustan los mapas. Ya sean físicos, políticos, de carreteras, antiguos o actuales, mapas del mundo entero o de pueblos con tres casas y una iglesia. Cuando era pequeño me cayó para Reyes un globo terráqueo, de ésos con una bombilla en el interior que, cuando se enciende, pone colores chillones a los países, diferenciándolos entre sí con una claridad pasmosa. Las ciudades importantes estaban marcadas con simples puntos negros. Las capitales, con un cuadrado, negro también, y con las letras en mayúscula. Por algo son las capitales. Con cinco años me sabía las capitales de todos los países del mundo; eso creía entonces, aunque no me faltaba mucho para dar validez a una afirmación tan descarada. Dominaba toda Europa: me sabía incluso la de Liechtenstein, también la de Macedonia, vamos, que tenía un nivel muy digno; me sabía toda América, tanto el Norte, para principiantes, como el Sur, no tan fácil, ya que saber la capital del Surinam cuando aún no sabes ni el nombre de la calle en la que vives resulta mágico pero, a la vez, un poco siniestro; África también la tenía por la mano, y un altísimo porcentaje de las capitales asiáticas, así como Oceanía, siempre exceptuando las de algunas islas de la Polinesia, las de las pinturas de Gauguin, tan inalcanzables para mí como impronunciables.

Sinceramente, me faltaban algunas, como la de la Isla de Pascua, que, aunque no sea soberana, también tiene capital. Pero la gente no me preguntaba sobre capitales de ciudades que no conocían, así que, salvo catástrofe puntual, acertaba siempre. Digo ésto porque mi padre fardaba con amigos y familiares del hijo tan listo que tenía. Sí, tenía: es de ésos que un buen día, durante mi adolescencia, se fue a por tabaco y no volvió, como dicta la tradición. Fumaba mucho, así que no entraré en la cantidad de cigarrillos que fue a comprar, pero aún no ha vuelto. Y me dio un poco de rabia, porque no pude volver a llevarle la contraria nunca más, algo de lo que yo disfrutaba, quizá porque era lo único que compartíamos. Tenía una prima yugoslava (por aquél entonces, casi serbia; hoy, serbia total), casada con un importante periodista vasco, delante de la que siempre me preguntaba: ¿Bosnia?, y yo soltaba: Zagreb, y mi padre se daba con la palma de la mano en la frente y gritaba: ¡no, no, no!, a ver, ¿Croacia?, y yo volvía: Sarajevo, y su prima se reía, me acariciaba el pelo y me decía que me iban a fascinar Yugoslavia y los Balcanes. No me he dejado caer todavía por allí, pero para cuando me acerque seguro que sabrán perdonar esta confusión tan buscada, ya que, muchos años después, la capital de Bosnia, para mí, sigue siendo Zagreb. Y la de Croacia, Sarajevo. Y por los años que hace de todo esto, y de que mi padre se largó, bien podría estar el hombre más allá de Belgrado, aunque seguro que las distancias que recorre son cada día más cortas. Recuerdo que una vez, yo tendría seis años, nos llevó a Cadaquès y al museo Dalí. Cayó una tormenta, de ésas en las que se forma un manto de agua frente al parabrisas, y maldijo el nombre del pintor durante todo el viaje de vuelta, pitillo en boca, a diez por hora en la autopista. Seguro que la idea de ir para allí no fue suya, sino de mi madre, a ella le van más los museos y las cosas buenas, las de verdad, las que te hacen sentir cosas por dentro y por fuera; aunque a ella le maraville el románico y yo diga que me aburre y que prefiero el surrealismo. Al menos puedo seguir hablando con ella sobre estos temas. Nos sentamos en su terraza y me escucha muy atentamente, y me responde como sólo ella se atreve, y me ve fumar un cigarro detrás de otro.

Ella no fuma, y no creo que ahora le dé por empezar… En fin: algo, del tamaño de un mapa, me dice que tengo que estarle agradecido.

Horarios (parte 3): Saliendo a la hora

I

Me levanto al toque de la alarma. Las cinco de la mañana. Otro día más en las trincheras. Me ducho rápido: hoy tengo que estar a las seis en la comisaría. Al menos, tendré la tarde libre para entrenar un poco…

En el cuerpo estamos un poco moscas, sobre todo este último mes, por lo del Coronalipsis. Llevo ya veinte horas de oficina y treinta de calle, justo ahora que vamos por la mitad del mes. Hoy me vuelve a tocar patrulla con Jaime, uno de los que más lleva. Es majo. Demasiado, diría yo. Ayer perdonó varias multas, todas a las abuelas de siempre, que cada mañana se van de rositas, y le cascó una buena a un chaval que paseaba a un perro de ésos de pelea con un porro en la mano. Después de tantos años, el tío es capaz de divisar al paso, y a varios metros de distancia, los “cigarritos” escondidos en las manos de los fumetas cuando los ocultan, con esa típica forma de pico en la que el porro queda envuelto por los dedos. Yo prefiero basarme en las pintas, que nunca fallan. A menudo, cuando sobra, o cuando lo incautado es más bien testimonial, que ambas cosas pueden pasar cuando nos dejamos caer por la periferia, Jaime y yo rememoramos nuestros viejos tiempos con algún que otro homenaje, pero después del último chequeo vamos con pies de plomo. Hoy peinamos el barrio donde me crie, aunque no muchos saben ésto; poca gracia me hace volver al extrarradio, con lo a gusto que se vive arriba de Lesseps.

Salimos sobre las ocho y media los dos. Como no podemos ir a la cafetería de siempre, nos llevamos las pastas del office y nos las comemos en el coche. No hay apenas tráfico y, si hay que salir o parar a alguien, dejamos todo en las alfombrillas, que están llenas de azúcar de varios días, y luego seguimos. Como vamos de secretas, se puede disimular un poco mejor, y encima no tengo que lavarme el uniforme. Nos zampamos unos cuantos dónuts de chocolate cada mañana, con la tontería, pero yo los quemo luego en mi querida elíptica, traída de Alemania. Por la barriga de Jaime, diría que él no.

II

Llegamos al barrio sobre las diez y media. De camino, han caído un par de multas a transportistas, para variar, e incluso hemos tenido que llevarnos a un par de tíos exaltados, que se piensan que la calle es suya, por lo que ya vamos con retraso. Barcelona es la ciudad de los warnings, como yo la llamo. Hay más coches “parados”, medio subidos en las aceras, o detenidos en medio de la calzada descargando cosas, que circulando, que ya es decir. Si tuviéramos que sancionar a todos, habría que montar una unidad a parte en el cuerpo, para poder dar abasto.

Jaime tiene que pasar por una tienda de animales que sufrió un robo la semana pasada, para acabar de apañar los últimos detalles de la denuncia con el dueño, al que conoce de su infancia en Badajoz. Yo también guardo algún conocido de cuando era más joven: justo a tres minutos de aquí vive un antiguo colega de correrías. Recuerdo que, cuando entré en el cuerpo, los primeros meses le avisaba de los controles que había repartidos por la ciudad, ya que se dedicaba a repartir grifa por el barrio, y más allá, con su Jog, a cambio de soplarnos quién movía por las mismas zonas. Creo que un día tuvo un buen susto, y que ya no se dedica. Ojalá saliese escaldado. También, en un bloque de esta calle, vive otro amigo de siempre, Jorge, el más coherente (después de mí, claro), el tercero en discordia del grupo de jaranas. Ambos salimos pronto de todo aquéllo.

Aparcamos y acabamos con la reserva de dónuts. Desde la radio nos dan unas cuantas instrucciones para cuando acabemos la ronda. Seguro que hoy tampoco salgo a la hora. Nos disponemos a salir del coche, cuando Jaime me agarra del codo:

– Javi, ¿has visto este tipo de ahí?

A unos cuarenta metros hacia delante, en frente de un supermercado, observamos a un varón de unos veintiocho-treinta años, todo de negro, con una braga también negra tapándole casi toda la cara, que mira su móvil apoyado en la pared, pegado a un portal, creo que donde vive Jorge. El individuo mira alrededor cada dos minutos, más o menos, como pendiente de quién pasa por su lado.

– Vamos a charlar con él un rato, a ver qué nos cuenta. No lleva ni bolsa, ni perro; éste se lleva una nota hoy.

Para ver su reacción, saco la sirena de la guantera, la pongo sobre el techo del coche, y la activo. ¡Bingo!

III

Nos acercamos hasta él. Se agacha para coger algo y rápido se mete dentro del portal. Alguien le habrá abierto la puerta… y desde la radio nos reclaman. Tenemos que volver a Barna centro.Quédate pendiente de las instrucciones, yo voy a bajar un momento – me dice Jaime mientras abre la puerta, se coloca la mascarilla, sale del coche y se dirige hacia el edificio.

– ¡Que no se te escape! – le respondo, socarrón, y me vuelvo a la radio.

Recibo atento las órdenes de mi compañero al otro lado del canal y corto la comunicación. Ha habido un robo en una tienda cara de la zona de Plaza Catalunya. Cojo el paquete de Camel de la guantera y busco a Jaime con la mirada. Habla con alguien del edificio, asomado a una ventana. Bajo la ventanilla para escuchar la conversación. Es una pareja joven. Al chico no lo veo bien, le tapa una planta, pero a la chica sí; muy aparente, por cierto.

– ¿Viven ustedes ahí? – pregunta Jaime, que se lleva la mano a la frente para protegerse del sol.

– Sí, sí. Los dos – asienten desde la ventana.

– ¿No han visto nada raro en estos últimos veinte minutos? – vuelve a preguntar Jaime.

Me decido a salir del coche. Rebusco en la guantera la mascarilla, pero no doy con ella. Da igual. Cuánta tontería, seguro que esto del virus es todo un invento de algún iluminado de arriba. Nada más poner los pies en la acera, desde la ventana en cuestión, una voz masculina que ya no recordaba me llama por mi nombre.

IV

Es Jorge, mi amigo del colegio. No lo veía desde hace casi un año.Hombre Jorge, cuánto tiempo.

– ¿Puedo subir un momento a hablar contigo?

– Por supuesto, sube. Te abro ahora mismo.

– Espérame dentro. Bajo en dos minutos – le digo a Jaime, señalándole el coche.

Jorge me abre y empujo la puerta. Mientras me llaman por el walkie, cruzo un pasillo estrecho hasta las escaleras. Por ellas baja el chico de negro, pobre diablo, que lleva ahora la braga al cuello…, y lo reconozco a la primera.

– Joder, Diego, así que eras tú.

– Hola Javi… Qué susto, tío… – murmura, más asustado que cordial; más caco que poli.

– Tranquilo, tranquilo. Debí de haberlo imaginado. Ponte otra ropa, tío, pareces nuevo. ¿Tan mal te va?

– Imagínate. Con todo el rollo, me han echado del curro y estoy sin un duro.

– Está todo el mundo igual. Por cierto, ¿qué has cogido del suelo antes de entrar?

Diego me aparta la mirada y se lleva las manos a los bolsillos de la sudadera. Parece que tartamudea antes, incluso, de empezar a hablar. Es mi momento preferido: antes de que canten. Y el walkie no deja de dar la tabarra…

– Nada. He pasado por la farmacia a por una medicina. No pensarás quitármelas, ¿no?

– Dame la caja – le ordeno. Extiendo mi mano abierta hacia él.

Jorge ha bajado y se acerca a nosotros, que estamos en medio del pasillo. Se para a unos tres metros, al pie de la escalera. Diego alarga también su brazo para darme la caja, pero Jorge nos interrumpe:

– Tú, déjalo en el suelo. Y tú, cógelo del suelo. ¿En qué mundo vivís?

– Calla, Jorge. Aquí las órdenes las doy yo. Por cierto, ¿Cómo estás? Espero que mejor que éste…

V

– ¿Pasa algo, Javi?

– ¿Vivís juntos? – le pregunto a Jorge – me ha parecido ver a una chica desde la ventana y pensé que sería tu novia.

Diego carraspea, con la caja todavía en las manos.

– Vivo aquí con mi novia, sí. Y ahora mismo no estoy entendiendo nada – dice Jorge, de brazos cruzados.

– Que sí, Javi, que me has pillado. Vivo donde siempre… – se gira -. Perdona, Jorge. No quería meterte en ningún lío.

Aprovecho el momento para quitarle a Diego la cajita de las manos. Strepsils, los del anuncio. La agito. Suena algo duro, como una piedra. En este caso, no del campo.

– ¿Cuánto hay aquí?

– Unos veinte gramos. De marrón. Quédatelo, pero, por favor, la receta no, te juro que ya no me dedico. De algún sitio tengo que sacar pasta mientras dure todo ésto…

– ¿Y tengo que creerte? De todos modos, no puedo irme sin multarte.

Jorge se acerca un metro más hacia nosotros. Destensa los brazos y pone la misma cara que pone Jaime después de perdonar a las viejas del barrio.

– No quiero quitarle la culpa, pero acuérdate de cuando nos pasaba a nosotros, Javi. La de veces que llegamos a casa enfadados y sin nada que llevarnos a la boca. No defiendo que él siga con estos temas, pero parece preocupado. Arriesgarse por tan poco…

– Éso, Javi, enróllate. No hace tanto que me echabas un cable.

– Javi, el walkie – interrumpe Jorge.

Ahora la voz es de Jaime, que me abronca. No puedo esperar, necesitan efectivos en el centro. Hoy no llego a casa a la hora ni a tiros.

– Te vas a librar, Diego. Y no será por ganas. Pero ésto – le digo, meneando la cajita delante de sus ojos – me lo llevo. Y vete para casa, ya.

Me despido mientras salgo. Tengo que reconocer que el día se está poniendo interesante. Nunca pensé que nadie se me escaparía de una multa. Y menos, Diego.

*

VI – Final

Jaime me espera frente al portal con la puerta del coche abierta. Las dependientas del súper cuchichean, con sus cigarros a medias. Me subo y bajo la ventanilla. Jaime acelera. Desde un balcón del segundo piso, un chaval de unos veintidós años nos sigue inquieto con la mirada mientras avanzamos, móvil en mano, y de pronto desaparece. Ahora todo el mundo graba cualquier tontería.

– Mal asunto lo del robo. Hay que darse prisa – insiste Jaime, que le echa el ojo a la cajita. Por cierto, ¿te duele la garganta?

– Puede que tenga algo de carraspera… – apago el walkie, qué estrés – Oye Jaime, ¿Cuándo nos hacen el próximo análisis?

Horarios (parte 2): La hora convenida

I

Me despierta el sol. Soy de los que soba con la persiana subida. Así, por más que cante el despertador, no me pilla sopa. Además, veo cómo los vecinos salen a sus balcones a tomar el café y a fumar sus primeros pitis del día, y me voy espabilando a la par que el barrio. Esta mañana tengo que estar pendiente del teléfono…
Me he quedado sin curro. Al menos, sin el legal. Y tengo diecinueve euros en el banco. No puedo ni sacar el último billete de veinte… Con ésto del virus, no creo que sea el único que esté jodido. Estoy (o estaba, porque nos han echado a la mayoría) en una famosísima empresa de seguridad que nos pone en el campo del Barça, los días de partido, a controlar a la gente y evitar altercados. Sí, los del chaleco naranja; los que vamos al partido a estar de espaldas a él y, encima, nos pagan una mierda. Sé de un colega que una noche se giró tras un gol de Messi en el descuento, y ya no vino más. Por no hablar de aquella vez en la que unos ultras holandeses me rompieron una muñeca y la empresa no quiso hacerse cargo de nada; otro colega me explicó que podía pedir una pensión de incapacidad, pero no llegué muy lejos en el proceso… el tío cobra una paguita, y lo que le pasa es que no puede mover bien el dedo meñique derecho. “El que vale, vale, y el que no, pa’l Barça”, decía un profesor de matemáticas. En fin, menos mal que me tocó en la mano mala. Total, que tengo que volver a pasar, y para hacerlo he tenido que contactar con mi antiguo “jefe”, que me ha atendido como si no hubiera pasado el tiempo. Juro que pensé que no tendría que volver nunca…

II

Ayer, sobre las dos de la mañana, hace unas horas, vaya, picó a mi apartamento un repartidor de Glovo con el material. Tal y como me habían dicho, pero no me esperaba el numerito. De primeras, le dije que se fuese, que no había pedido nada, pero al decirme de dónde venía al fin lo entendí y acepté el paquete. Flipante. ¿Sabrá el tipo lo que llevaba encima? No tuve ni que pagarle… Luego revisé la mercancía y la postureé de veinte en veinte hasta que me dieron las cuatro de la madrugada, así que debo de haber dormido unas cuatro horitas… Después de levantarme, nada más salir de la ducha, he encendido el móvil… y ya tenía mi primer pedido.

III

Con el rollo de las asociaciones cannábicas, los camellos han perdido mucho peso en los últimos años. Lo de ir a pillar a dos minutos de tu casa, sin esperas, con calidad por precios…, hay que reconocer que es la hostia. Pero, con el estado de alarma, los clubes han tenido que chapar, dejando tirados a muchísimos fumadores… que fijo que han tenido que rebuscar en el fondo de sus agendas aquel teléfono al que pensaron que nunca volverían a llamar.
El “jefe” ya me avisó de que a partir de esta mañana aparecerían los primeros necesitados, y tenía razón. Son las diez, y uno ya me está pidiendo cincuenta pavos. De lo que tengo, primero me lo saco de encima y luego pago, y yo me quedo una pequeña diferencia (que puede ser mayor si no me lo fumo yo todo antes de venderlo). Como decían en una serie de hace la tira: vender y fumar está de puta madre, pero vender sin fumar es el chollo del siglo. Entonces, si me porto bien, puedo sacar un pavo de cada cinco, más o menos…
Empiezo la conversación con el tipo. Estoy a punto de empezar también una conversación con un colega poli que patrulla en el barrio, al que conozco desde que éramos enanos y que antes me chivaba los controles, pero al final me echo atrás. Es aquí al lado. El tipo está algo nervioso, se lo noto hasta por WhatsApp. Para estas cosas ahora la gente usa más el Telegram, pero no me voy a poner toca-huevos. Me dice todo el rato que no quiere problemas, para ninguno de los dos. Vive a tres minutos de mí, pero no tiene perro y salió ayer a comprar, por lo que prefiere no mover el culo, por si acaso. Ya lo muevo yo, tampoco es plan de perder el primer cliente… Nos veremos a las once menos cuarto. Me pregunta si conozco un súper que hay aquí al lado, justo debajo de su casa, y que en frente hay un portal. Me parece un sitio perfecto, porque encima del supermercado hay unas oficinas que ahora estarán cerradas, y sólo hay pisos en la acera de enfrente. Con dejarle el material en una cajita enfrente del súper, evitaremos que desde los balcones puedan cazarnos. Luego él bajará, cuando le haga la perdida, dejará otra cajita con el dinero, una vez coja lo suyo, y yo pasaré a recoger lo mío. Fácil, simple y sin charloteo. Después, otra vez por WhatsApp, ya nos diremos lo mucho que nos queremos.

IV

Salgo de mi casa sobre menos veinte. Desde la ventana me ha parecido ver a demasiada gente por la calle; no la misma que un día normal, pero sí mucha para estar como estamos. Si a ésto le sumas que es el primer día de sol después de mucha lluvia… La gente lleva, casi toda, mascarilla. Mi padre me comentó hace días que me mandaría alguna (por Glovo, seguro…), pero nada. Y no las venden en ningún lado. De momento, no soy el único que no lleva. Pero, a este paso, acabaré siéndolo. Así que voy con una braga negra que me llega casi hasta los ojos, que no pega mucho a estas alturas del año y que, como también voy entero de negro, me hace parecer un térror del Counter Strike.
Doblo una esquina, otra y a la tercera ya veo el súper en medio de la calle. El tío vive en el mismo bloque que Jorge, un amigo del colegio, al que hace ya casi un año que no veo. Espero que las cosas le vayan mejor que a mí.
En este tramo debe de haber ahora unas cinco personas, todas abuelas, todas con su carro de la compra, calle arriba, calle abajo. No pasa un coche. Todos aparcados. En un primero, veo a una chica en un balcón con una birra en la mano. Después me tomo yo una, y dos, pero primero va ésto. Me acerco, despacio, hasta el punto exacto. Dos dependientas del súper terminan los cigarrillos frente a la puerta. Ya se meten para adentro. Yo me apoyo en la pared y hago que miro algo en el móvil, como con mucho interés. Luego miro a un lado y al otro. Ahora, nadie. Le doy el toque al chaval. Me agacho. Saco del bolsillo una cajita de Strepsil, de ésos de lidocaína, con la piedra dentro. La dejo en el escalón, pegada a la pared y a la puerta. Me pongo de pie otra vez y pretendo alejarme unos metros, cuando de repente oigo un ruido que hace tiempo que no oía, pero que me resulta familiar.

V

La puta sirena de los malos. La han puesto sólo un momento, mientras vienen hacia mí. ¿De dónde coño han salido? Es un coche secreta, con la sirena azul de quita y pon. Estarían aparcados más abajo. Me agacho otra vez. Los dos polis de dentro me señalan con el dedo. Cojo la cajita. La meto en el bolsillo. La madre que me parió. El telefonillo. Me parece que era el entresuelo-segunda. Contestan.

  • ¡Abre, Jorge! ¡Soy Diego! ¡Abre, por dios!

cuando salgo de su casa,

después de visitarla otra vez, escojo la calle que me va peor para regresar. Lo hago porque ella siempre sale al balcón para alargar la despedida. Me busca con la paciencia de quien puede abarcarlo todo y cuando, al fin, da con mi silueta en el tapiz de la plaza, alza y mueve despacio su mano, con la misma cadencia que muestran los años pasando ya para los dos, y yo me giro varias veces para imitarla mientras camino, sin detenerme, para no quitarle valor a un nuevo “hasta luego”. De todo lo que me da, ésto es lo que recuerdo con más ternura. Bueno, habría que añadir que, una lejana mañana de octubre, dio a luz a mi madre.

Simulacro

Llegó a casa pasadas las once y media de la noche; abrió la puerta y vio cómo ella se quitaba la chaqueta en el recibidor, aún con el bolso en el brazo.
– ¿Ahora llegas tú, también? – dijo él, mientras le besaba en la frente.
– Ya me ves, no soporto más a mi jefe; creí que hoy dormía en la oficina.
– Y yo estoy harto de echar horas como un esclavo.
Una vez se deshicieron de la ropa de abrigo y del equipo cotidiano, se sentaron alrededor de la mesa de la cocina.
– ¿Te apetece fumar algo antes de cenar? – le susurró ella, con la vista puesta en el desmenuzador.
– Lo que quiero es que nos vayamos. De verdad. Larguémonos – miraba sus ojos cansados como quien mira un tren que se escapa.
– Pero, ¿a dónde?
– No lo sé. Ni quiero saberlo.
Se levantaron como resortes, metieron toda la comida de la nevera que fuera aprovechable en dos mochilas y algo de ropa limpia en un macuto de montaña; cogieron diversos enseres de aseo, todo el dinero que había bajo la baldosa secreta, unos cuantos libros, la documentación y dejaron sendos mensajes en los contestadores de sus padres; bajaron las escaleras sin aliento y se detuvieron en el portal, para volver a mirarse.
La noche estaba tranquila. Dejaron todo el equipaje en el suelo y se abrazaron.
– ¿Quieres que cenemos algo antes? – susurró él, ya más calmado.
Ella le sonrió un instante antes de besarle. Cargaron todo de nuevo y subieron otra vez a casa.

Horarios (parte 1): A deshora

I

Mañana de abril. Maldito abril. Después de cinco días grises de mucha lluvia y poca gente en los balcones, observo desde mi ventana que la cuarta semana de confinamiento empieza reluciente.

Como de costumbre, desde el inicio de la alarma, cuando hace bueno emerge de nuevo de sus portales ese tercio de la población poco comprometido con el tema, la mayoría ancianos, como un inagotable cuentagotas que acude a por su barra de pan y, de paso, encarga la cena. Así tengo excusa para volver a salir más tarde, arguyen. Los paseadores caninos, empezando por los más jóvenes y los novatos afortunados, aprovechan que el suelo está todavía mojado para evitarse cargar con la botella de agua. Hay cola en la frutería.

Cuando ya no queda memoria suficiente de las primeras horas, las fachadas empiezan a llenarse de estampas con muslos y hombros y barrigas al aire, que por éso estamos en Barna, y asoman los primeros quintos de Estrella y platillos con aceitunas (y yo, sin balcón) y patatas chip, que por éso hemos pasado otro marzo. ¿Por qué nos horroriza comer tan pronto y, sin embargo, cuando tenemos la más mínima oportunidad, adelantamos la hora del vermut a casi la hora de levantarnos? Al otro lado de este río incierto, los trabajadores del súper salen a la puerta deshaciéndose de sus mascarillas y sus guantes desechables para compartir pitillo con los del camión o los de BCNeta.

Apuro el cigarro y lo lanzo al puro centro de la calzada, me vuelvo y me dejo caer en el sofá junto a Ana. Tomamos el café de la mañana con la rigurosidad y el deleite de siempre, pero estos días lo hacemos con la calma atípica que ha inundado la ciudad. Desde el sofá, podemos seguir la estela del único avión que ha surcado el cielo barcelonés en dos semanas con la pasión de los correctores de estilo sobre las líneas de un tratado. Como algo extraoficial, ahora nuestra perra Elektra se pasa los ratos del café retozando junto a nosotros, satisfecha entre cojines; se está portando muy bien, y hay que ser transigentes. En la tele acaba de terminar “El encantador de perros”, que a Ana le chifla, y justo empieza una reposición de un capítulo de “Compañeros”.

– ¿Te apetecen unas tortitas? – sugiere Ana, con esa sonrisa de quien sabe que acierta, mientras deja la taza en la mesilla de madera, echa a un lado la manta de falso terciopelo granate y se encamina hacia la nevera.

– ¿No te negarás a acompañarlas con un vinito blanco? – cómo adoro estos giros de guion.

El sol del nuevo horario cubre por completo el interior del pequeño comedor-cocina cuando ya estoy sacando de la nevera el “Corazón Loco”. Después de servir un par de copas, me hago con la tablet y pongo en YouTube lo poco mejor del hard-rock actual que se me ocurre. Son las once menos cuarto, la mezcla y los fogones ya están listos y, justo antes de darle al play, suena el timbre. Estos giros ya no me gustan tanto.

II

Elektra salta del sofá y corre hacia la puerta entre ladridos. Ana y yo nos miramos extrañados.

– No abras. Total, ¿a quién esperamos? – murmura Ana, que baja el fuego – ¿los Testigos tienen permitido trabajar?

– ¡Siempre pican cuando estamos a punto de sentarnos a la mesa! ¡Confirmo mi teoría de la cámara oculta! – grito, airado. Casi un mes sin sentir la timbrada, qué gusto.

Suelto la copa en la encimera, muy consciente de que el vino aumentará, en cuestión de minutos, su temperatura, y espero que nada importante demore demasiado su cata. El timbre vuelve a sonar. Sólo puede ser mi madre, pero mi madre llamaría antes de venir. En tres pasos, llego al telefonillo y pregunto quién es. La perra prosigue con sus ladridos desde el centro del apartamento.

– ¡Abre, Jorge! ¡Soy Diego! ¡Abre, por dios!

– Es Diego. Parece bastante nervioso – le digo a Ana, mientras pulso el botón de apertura.

– Pues tortitas para tres. Pero… ¿qué hace, que no está en su casa? No lo entiendo. – Ana frunce el ceño.

– No sé por qué me da que no viene a comer… Tranquila, mientras no pase de aquí… ¡Elektra, calla! – la perra vuelve a su cama y entreabro la puerta, dejando una fina línea de mi cuerpo al descubierto.

– ¿Cómo lo hacemos, si quiere pasar? – pregunta Ana, más molesta – ¿No sabe que no se puede entrar, así como así, en las casas?

Ana viene a mi lado, junto a la puerta de entrada. Diego sube de prisa los escalones hasta el último descansillo antes de nuestro entresuelo. Levanto el brazo con la mano en alto, a lo guardia urbano, desde el umbral, con excelente resultado.

– ¡Menos mal que has abierto el portal! – dice Diego al detenerse, con las manos en la cabeza y con la vista en alto – ¡Déjame pasar, antes de que vengan!

III

Echo un vistazo rápido a las otras puertas del rellano. Ninguna está abierta y no oigo pasos tras ellas.

– No puedo dejarte pasar, es una imprudencia – le digo, en tono serio.

– ¡Me persiguen! ¡Me quieren robar! – se desespera Diego, que avanza escalones poco a poco.

Miro a Ana, pero ella ya está en el comedor y coloca las sillas de tal forma que haya la máxima distancia posible entre los presentes. Luego vuelve a la entrada.

– No toques nada – advierte a Diego mientras sujeta a Elektra del collar-. Pasa, quítate los zapatos y siéntate en la primera silla que verás, cuando ya nos hayamos sentado nosotros. Tú, en la del centro. – y me señala primero a mí y luego a mi mascarilla mientras se aleja hacia el final de la estancia – Entras porque sois amigos desde pequeños, Diego, pero que sepas que ésto no es serio.

– Empuja la propia puerta para cerrar, no toques el pomo – apunto también, al sentarme.

Diego, con las primeras gotas de sudor en las entradas y algo jadeante, llega a la zona más cercana al recibidor, que ya toca la cocina, y se sienta, sin cerrar la puerta. Va de chándal, con una braga negra a modo de mascarilla, y es el mejor vestido de la sala, ya que nosotros lucimos pijamas de ocasión, es decir, camiseta de hace quince años del color de la nada y pantalón sin goma. Prête-a-porter para la cuarentena.

IV

– ¿Qué pasa, Diego? – le pregunto, una vez aposentados los tres.

– Unos tipos me han seguido desde la esquina. Tenían muy mala pinta. – y lo dice él, que ha aparecido ataviado como para recoger el Nóbel esta misma tarde – Al verme han empezado a gritarme… que me quedase quieto, que cuánto llevaba encima, que me iban a matar… por suerte vuestro portal me quedaba muy a mano.

Ana se levanta y abre la ventana. Se asoma, echa un rápido vistazo y me mira.

– Hay un coche de secretas justo aquí debajo.

– Bien, los habrán visto – resopla Diego.

Me asomo también, como Ana. Del asiento del piloto baja uno de los agentes que, después de un rápido vistazo alrededor y a toda la fachada del edificio, nos encuentra.

– ¿Viven ustedes ahí? – pregunta, al tiempo que se tapa los ojos con la mano a modo de visera.

– Sí, sí. Los dos – asentimos al unísono.

– ¿No han visto nada raro en estos últimos veinte minutos? – vuelve a preguntarnos.

Miro a Ana, que mira a Diego. Pero Diego ya no está. La puerta de la entrada sigue abierta.

V

Mañana de abril. Cuarta semana de confinamiento. Abro los ojos, estoy en la cama. Acaba de sonar el timbre. Aunque la persiana está bajada, intuyo un día soleado debido a los puntos en las sábanas. Me levanto, me pongo unos pantalones y voy hacia el telefonillo. Una voz acelerada, al otro lado:

– ¡Abre, Jorge! ¡Soy Diego! ¡Abre, por dios!