metástasis

la mañana estalla
de gente, ahí fuera.
procuro mantener
las persianas bajadas,
que este sol de justicia
ilumine la estancia
con la fuerza de una vieja
candela, con la sana
intención de morir
a mi lado envuelto
en graznidos, entre
decisiones largas.
no quiero que las cosas
vuelvan a ser iguales.
pienso en la vida
como lo mínimo
trascendente antes
del último golpe.

el principio es una sombra
que arde.

reflexión después de otro gran martes

esta mañana
me entretuve poniendo
en orden algunas
cosas que habías dejado
de por medio

mientras pensaba
que, si fueras igual
que yo, nuestro mundo
sería un fiasco.

que buscamos algo semejante
es una mentira:

qué hay de bello
en el objeto ocupando su lugar.
cómo sé si no
es su sitio,
si no me lo desdices
cada vez.

Recitando #4 “desde la oficina”

Recitando “desde la oficina”, con previa explicación sobre su gestación incluida, durante un micro abierto del Club Cronopios, en el Bar La Rubia (Barcelona).

fragilidad del peso

difícil es pasar desapercibido
cuando el mundo está pendiente
de ello. el anonimato, como
un animal herido,
se convierte con los años en lo contrario
al propio deseo de evasión.
escondido en el poco tiempo que me quede
para desdeñar el orden
seré mi único testigo, al fin
me llevaré la porción
más suculenta
de este acuerdo vitalicio:
para crecer pierdo,
para vivir duermo,
para existir escribo;
lo demás es aquel leve brillo en lo alto
del cielo que, hace no tanto,
soñábamos alcanzar.

quién quiere un pasado

no pudimos elegir lugar
más lejano para encontrarnos
o quizá sí,
seguros de que había
que perseguir nuestra idea hasta
que se detuviese
ante el último reflejo.
dejé mis tardes
de Gold Coast y Cash Converters
como viejas pertenencias
en una carretera secundaria poco
transitada ahora -salvo por un fantasma-,
buscando cambiar mi crédito
por un poco de incienso
y el repentino destello
de las noches tempranas.

vino el amor,
como sale la chavalería por la puerta
del colegio, y lo advertí
sin esfuerzo ni motivo,
porque el nuestro se parece
a ese aguacero de agosto
en Nápoles, al rayo que detuvo
mi paraguas, a la llave de un diminuto
apartamento en el centro
de Málaga cuando aprieta el calor,
a un mediodía festivo en cualquier
ciudad del mapa

y no
al de los demás, al común,
al mortal, ese que sólo mira hacia adentro
y no deja en el futuro ese poso
de aviones y vísperas.