palomas sobre el semáforo

tendrás que aprender otra vez
a andar y, las calles,
a tu paso, amanecerán
con una luz distinta.
verás que a tu lado huirán
de la sombra
con el mismo ahínco de cada día,
por más que cambie
la velocidad de sus decisiones,
siempre atentos
a los depredadores, siempre
con escasa voluntad
de dar permiso
a los viandantes.

y de nuevo caerás
en que otra vez atardece,
en que la ida es mejor
que la vuelta si no tienes
compañía. y la soledad
asomará con su aleteo
febril de cosas por hacer,
de sitios donde estar,
porque habrás descubierto
que ahora nunca es el momento
ni el lugar, y lo que era
grande como el mar
se hará pequeño, como
las cosas que de verdad importan;

y, al final, lo entenderás:
que el primero de tus logros
brotará, como la primera
flor, de tu mayor derrota.

Foto: Laura Torres

cuestión de principios

lo mejor de las obras
es cuando empiezan,
cuando derriban
lo que había antes
y uno descubre una vista
nueva (o antigua, según
se mire), con ese trozo
de cielo virgen súbitamente
expuesto, y esas
fachadas detrás
que, de repente, parecen
despertar del letargo
del cemento.

bajando la Rambla, al lado
de una de las excavadoras,
con el aliento
de la tarde renovada
pasabas tú
volviendo del trabajo,
recién estrenado
-del día anterior-
el horario de verano.

desde la oficina

seguramente, ahora
te estés levantando
de la cama.
me alegro tanto por ti
los días que no madrugas.
que no tengas que ir
a doblar ropa
o a probar zapatos;
que puedas pasear con las perras
sin prisa,
sentir que hoy no
se te irá la vida y cocinar
con el fuego al mínimo mientras
fumas y canturreas
tu banda sonora favorita.
seguramente, otro día
me tocará a mí esperarte,
mientras escribo cuánto te extraño
y lo mal que se me da
olvidarme de tu ausencia.
seguramente, y como dios
últimamente siempre quiere,
el momento de los dos
pronto llegue.
por ahora, desde la oficina,
no tengo nada más que decirte
salvo que me esperes.

PODCAST Lunes en Lesbos – Programa 4

Aquí os dejamos la cuarta sesión:

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Foto: Laura Bosco
Foto: Laura Bosco

Nos vemos los Lunes… en Lesbos.

a salvo

que no nos castigue el tiempo
como no queramos,
que al abrir la puerta nuevamente
venga el fresco y cotizado
aliento de los pájaros.
si hay que conocer la verdad
antes de que duela
nos convertiremos, a la fuerza,
en sabios, y con los años
nos desacostumbraremos
a la paciencia,
a la prisa, a la fiesta
de las tardes de hojas cayendo.

hay una ciudad ahí abajo
deshaciéndose en deseos.

arte poética

me autodestruyo a una gran velocidad
-también es veloz y cegador el rayo en la noche
y pronto se le olvida-,
me siento atraído por el sufrimiento
y el dolor, pero no
como todos los demás mortales,
sólo porque intento traducirlos
a un idioma tan concreto
como ambiguo;
muchas veces, como los demás,
sueño que estoy viviendo
como no quiero vivir, buscando
a un semejante en este
estrecho laberinto

pero sé que, afortunadamente,
puedo volver a atarme
cuando quiera a las cadenas
de mis manos; el día
que me sienta libre de ti
que me quiten el recuerdo.

Foto: Laura Torres

primer día

como un niño, impaciente
y expectante por el tiempo
que le queda (pero
buen conocedor
de todo lo que ya ha vivido),
así es como me siento
yo cuando te estoy mirando.

y hoy pensaba preocuparme más
(porque éste es mi único sino),
pero he decidido guardarme
para cuando se me necesite
en las trincheras,

preparado para enfrentarme
a la más feroz de las batallas:

tu ausencia.

El gran fumador

En la nevera de mi apartamento luce, sujeta por un imán, una postal con una réplica del Gran Masturbador, recuerdo de una visita al museo Dalí en una de mis escapadas al Empordà. Es un dibujo raro, no me dirás que no, pero cunde; no sé por qué, pero me gusta, me dice mi amigo. Estoy contigo, le digo, tampoco sé por qué, bueno, un poco sí, le insisto, socarronamente, pero también me gusta. Tenía que ver con las pajas que se hacía de joven, ¿a que voy bien encaminado?, me pregunta, bastante cierto, le digo, apuesto a que conoces más sobre Dalí que lo que sabe todo el barrio. De hecho, me recuerda a una de esas estatuas tan curiosas de la Isla de Pascua, sí, parece como si una de esas estatuas estuviese bebiendo de una fuente, en vez de un pene enorme o una gran vagina o algo muy sexual, comenta. A mí, en cambio, digo, me recuerda a un mapa, un mapa como los de las pelis de piratas, uno como los de la isla del Tesoro, con anotaciones y cruces y calaveras y líneas discontinuas, quién sabe si certeras o si conducen a un lugar horrible.

Me gustan los mapas. Ya sean físicos, políticos, de carreteras, antiguos o actuales, mapas del mundo entero o de pueblos con tres casas y una iglesia. Cuando era pequeño me cayó para Reyes un globo terráqueo, de ésos con una bombilla en el interior que, cuando se enciende, pone colores chillones a los países, diferenciándolos entre sí con una claridad pasmosa. Las ciudades importantes estaban marcadas con simples puntos negros. Las capitales, con un cuadrado, negro también, y con las letras en mayúscula. Por algo son las capitales. Con cinco años me sabía las capitales de todos los países del mundo; eso creía entonces, aunque no me faltaba mucho para dar validez a una afirmación tan descarada. Dominaba toda Europa: me sabía incluso la de Liechtenstein, también la de Macedonia, vamos, que tenía un nivel muy digno; me sabía toda América, tanto el Norte, para principiantes, como el Sur, no tan fácil, ya que saber la capital del Surinam cuando aún no sabes ni el nombre de la calle en la que vives resulta mágico pero, a la vez, un poco siniestro; África también la tenía por la mano, y un altísimo porcentaje de las capitales asiáticas, así como Oceanía, siempre exceptuando las de algunas islas de la Polinesia, las de las pinturas de Gauguin, tan inalcanzables para mí como impronunciables.

Sinceramente, me faltaban algunas, como la de la Isla de Pascua, que, aunque no sea soberana, también tiene capital. Pero la gente no me preguntaba sobre capitales de ciudades que no conocían, así que, salvo catástrofe puntual, acertaba siempre. Digo ésto porque mi padre fardaba con amigos y familiares del hijo tan listo que tenía. Sí, tenía: es de ésos que un buen día, durante mi adolescencia, se fue a por tabaco y no volvió, como dicta la tradición. Fumaba mucho, así que no entraré en la cantidad de cigarrillos que fue a comprar, pero aún no ha vuelto. Y me dio un poco de rabia, porque no pude volver a llevarle la contraria nunca más, algo de lo que yo disfrutaba, quizá porque era lo único que compartíamos. Tenía una prima yugoslava (por aquél entonces, casi serbia; hoy, serbia total), casada con un importante periodista vasco, delante de la que siempre me preguntaba: ¿Bosnia?, y yo soltaba: Zagreb, y mi padre se daba con la palma de la mano en la frente y gritaba: ¡no, no, no!, a ver, ¿Croacia?, y yo volvía: Sarajevo, y su prima se reía, me acariciaba el pelo y me decía que me iban a fascinar Yugoslavia y los Balcanes. No me he dejado caer todavía por allí, pero para cuando me acerque seguro que sabrán perdonar esta confusión tan buscada, ya que, muchos años después, la capital de Bosnia, para mí, sigue siendo Zagreb. Y la de Croacia, Sarajevo. Y por los años que hace de todo esto, y de que mi padre se largó, bien podría estar el hombre más allá de Belgrado, aunque seguro que las distancias que recorre son cada día más cortas. Recuerdo que una vez, yo tendría seis años, nos llevó a Cadaquès y al museo Dalí. Cayó una tormenta, de ésas en las que se forma un manto de agua frente al parabrisas, y maldijo el nombre del pintor durante todo el viaje de vuelta, pitillo en boca, a diez por hora en la autopista. Seguro que la idea de ir para allí no fue suya, sino de mi madre, a ella le van más los museos y las cosas buenas, las de verdad, las que te hacen sentir cosas por dentro y por fuera; aunque a ella le maraville el románico y yo diga que me aburre y que prefiero el surrealismo. Al menos puedo seguir hablando con ella sobre estos temas. Nos sentamos en su terraza y me escucha muy atentamente, y me responde como sólo ella se atreve, y me ve fumar un cigarro detrás de otro.

Ella no fuma, y no creo que ahora le dé por empezar… En fin: algo, del tamaño de un mapa, me dice que tengo que estarle agradecido.