Horarios (parte 1): A deshora

I

Mañana de abril. Maldito abril. Después de cinco días grises de mucha lluvia y poca gente en los balcones, observo desde mi ventana que la cuarta semana de confinamiento empieza reluciente.

Como de costumbre, desde el inicio de la alarma, cuando hace bueno emerge de nuevo de sus portales ese tercio de la población poco comprometido con el tema, la mayoría ancianos, como un inagotable cuentagotas que acude a por su barra de pan y, de paso, encarga la cena. Así tengo excusa para volver a salir más tarde, arguyen. Los paseadores caninos, empezando por los más jóvenes y los novatos afortunados, aprovechan que el suelo está todavía mojado para evitarse cargar con la botella de agua. Hay cola en la frutería.

Cuando ya no queda memoria suficiente de las primeras horas, las fachadas empiezan a llenarse de estampas con muslos y hombros y barrigas al aire, que por éso estamos en Barna, y asoman los primeros quintos de Estrella y platillos con aceitunas (y yo, sin balcón) y patatas chip, que por éso hemos pasado otro marzo. ¿Por qué nos horroriza comer tan pronto y, sin embargo, cuando tenemos la más mínima oportunidad, adelantamos la hora del vermut a casi la hora de levantarnos? Al otro lado de este río incierto, los trabajadores del súper salen a la puerta deshaciéndose de sus mascarillas y sus guantes desechables para compartir pitillo con los del camión o los de BCNeta.

Apuro el cigarro y lo lanzo al puro centro de la calzada, me vuelvo y me dejo caer en el sofá junto a Ana. Tomamos el café de la mañana con la rigurosidad y el deleite de siempre, pero estos días lo hacemos con la calma atípica que ha inundado la ciudad. Desde el sofá, podemos seguir la estela del único avión que ha surcado el cielo barcelonés en dos semanas con la pasión de los correctores de estilo sobre las líneas de un tratado. Como algo extraoficial, ahora nuestra perra Elektra se pasa los ratos del café retozando junto a nosotros, satisfecha entre cojines; se está portando muy bien, y hay que ser transigentes. En la tele acaba de terminar “El encantador de perros”, que a Ana le chifla, y justo empieza una reposición de un capítulo de “Compañeros”.

– ¿Te apetecen unas tortitas? – sugiere Ana, con esa sonrisa de quien sabe que acierta, mientras deja la taza en la mesilla de madera, echa a un lado la manta de falso terciopelo granate y se encamina hacia la nevera.

– ¿No te negarás a acompañarlas con un vinito blanco? – cómo adoro estos giros de guion.

El sol del nuevo horario cubre por completo el interior del pequeño comedor-cocina cuando ya estoy sacando de la nevera el “Corazón Loco”. Después de servir un par de copas, me hago con la tablet y pongo en YouTube lo poco mejor del hard-rock actual que se me ocurre. Son las once menos cuarto, la mezcla y los fogones ya están listos y, justo antes de darle al play, suena el timbre. Estos giros ya no me gustan tanto.

II

Elektra salta del sofá y corre hacia la puerta entre ladridos. Ana y yo nos miramos extrañados.

– No abras. Total, ¿a quién esperamos? – murmura Ana, que baja el fuego – ¿los Testigos tienen permitido trabajar?

– ¡Siempre pican cuando estamos a punto de sentarnos a la mesa! ¡Confirmo mi teoría de la cámara oculta! – grito, airado. Casi un mes sin sentir la timbrada, qué gusto.

Suelto la copa en la encimera, muy consciente de que el vino aumentará, en cuestión de minutos, su temperatura, y espero que nada importante demore demasiado su cata. El timbre vuelve a sonar. Sólo puede ser mi madre, pero mi madre llamaría antes de venir. En tres pasos, llego al telefonillo y pregunto quién es. La perra prosigue con sus ladridos desde el centro del apartamento.

– ¡Abre, Jorge! ¡Soy Diego! ¡Abre, por dios!

– Es Diego. Parece bastante nervioso – le digo a Ana, mientras pulso el botón de apertura.

– Pues tortitas para tres. Pero… ¿qué hace, que no está en su casa? No lo entiendo. – Ana frunce el ceño.

– No sé por qué me da que no viene a comer… Tranquila, mientras no pase de aquí… ¡Elektra, calla! – la perra vuelve a su cama y entreabro la puerta, dejando una fina línea de mi cuerpo al descubierto.

– ¿Cómo lo hacemos, si quiere pasar? – pregunta Ana, más molesta – ¿No sabe que no se puede entrar, así como así, en las casas?

Ana viene a mi lado, junto a la puerta de entrada. Diego sube de prisa los escalones hasta el último descansillo antes de nuestro entresuelo. Levanto el brazo con la mano en alto, a lo guardia urbano, desde el umbral, con excelente resultado.

– ¡Menos mal que has abierto el portal! – dice Diego al detenerse, con las manos en la cabeza y con la vista en alto – ¡Déjame pasar, antes de que vengan!

III

Echo un vistazo rápido a las otras puertas del rellano. Ninguna está abierta y no oigo pasos tras ellas.

– No puedo dejarte pasar, es una imprudencia – le digo, en tono serio.

– ¡Me persiguen! ¡Me quieren robar! – se desespera Diego, que avanza escalones poco a poco.

Miro a Ana, pero ella ya está en el comedor y coloca las sillas de tal forma que haya la máxima distancia posible entre los presentes. Luego vuelve a la entrada.

– No toques nada – advierte a Diego mientras sujeta a Elektra del collar-. Pasa, quítate los zapatos y siéntate en la primera silla que verás, cuando ya nos hayamos sentado nosotros. Tú, en la del centro. – y me señala primero a mí y luego a mi mascarilla mientras se aleja hacia el final de la estancia – Entras porque sois amigos desde pequeños, Diego, pero que sepas que ésto no es serio.

– Empuja la propia puerta para cerrar, no toques el pomo – apunto también, al sentarme.

Diego, con las primeras gotas de sudor en las entradas y algo jadeante, llega a la zona más cercana al recibidor, que ya toca la cocina, y se sienta, sin cerrar la puerta. Va de chándal, con una braga negra a modo de mascarilla, y es el mejor vestido de la sala, ya que nosotros lucimos pijamas de ocasión, es decir, camiseta de hace quince años del color de la nada y pantalón sin goma. Prête-a-porter para la cuarentena.

IV

– ¿Qué pasa, Diego? – le pregunto, una vez aposentados los tres.

– Unos tipos me han seguido desde la esquina. Tenían muy mala pinta. – y lo dice él, que ha aparecido ataviado como para recoger el Nóbel esta misma tarde – Al verme han empezado a gritarme… que me quedase quieto, que cuánto llevaba encima, que me iban a matar… por suerte vuestro portal me quedaba muy a mano.

Ana se levanta y abre la ventana. Se asoma, echa un rápido vistazo y me mira.

– Hay un coche de secretas justo aquí debajo.

– Bien, los habrán visto – resopla Diego.

Me asomo también, como Ana. Del asiento del piloto baja uno de los agentes que, después de un rápido vistazo alrededor y a toda la fachada del edificio, nos encuentra.

– ¿Viven ustedes ahí? – pregunta, al tiempo que se tapa los ojos con la mano a modo de visera.

– Sí, sí. Los dos – asentimos al unísono.

– ¿No han visto nada raro en estos últimos veinte minutos? – vuelve a preguntarnos.

Miro a Ana, que mira a Diego. Pero Diego ya no está. La puerta de la entrada sigue abierta.

V

Mañana de abril. Cuarta semana de confinamiento. Abro los ojos, estoy en la cama. Acaba de sonar el timbre. Aunque la persiana está bajada, intuyo un día soleado debido a los puntos en las sábanas. Me levanto, me pongo unos pantalones y voy hacia el telefonillo. Una voz acelerada, al otro lado:

– ¡Abre, Jorge! ¡Soy Diego! ¡Abre, por dios!

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