Simulacro

Llegó a casa pasadas las once y media de la noche; abrió la puerta y vio cómo ella se quitaba la chaqueta en el recibidor, aún con el bolso en el brazo.
– ¿Ahora llegas tú, también? – dijo él, mientras le besaba en la frente.
– Ya me ves, no soporto más a mi jefe; creí que hoy dormía en la oficina.
– Y yo estoy harto de echar horas como un esclavo.
Una vez se deshicieron de la ropa de abrigo y del equipo cotidiano, se sentaron alrededor de la mesa de la cocina.
– ¿Te apetece fumar algo antes de cenar? – le susurró ella, con la vista puesta en el desmenuzador.
– Lo que quiero es que nos vayamos. De verdad. Larguémonos – miraba sus ojos cansados como quien mira un tren que se escapa.
– Pero, ¿a dónde?
– No lo sé. Ni quiero saberlo.
Se levantaron como resortes, metieron toda la comida de la nevera que fuera aprovechable en dos mochilas y algo de ropa limpia en un macuto de montaña; cogieron diversos enseres de aseo, todo el dinero que había bajo la baldosa secreta, unos cuantos libros, la documentación y dejaron sendos mensajes en los contestadores de sus padres; bajaron las escaleras sin aliento y se detuvieron en el portal, para volver a mirarse.
La noche estaba tranquila. Dejaron todo el equipaje en el suelo y se abrazaron.
– ¿Quieres que cenemos algo antes? – susurró él, ya más calmado.
Ella le sonrió un instante antes de besarle. Cargaron todo de nuevo y subieron otra vez a casa.

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